Capitulo LXIII
Las colas afuera de la casa, paulatina pero firmemente, comenzaron a acortarse. La primera causa, como ya referimos, fueron los fallecimientos. Pero con el correr del tiempo, la fundamental y no menos dolorosa, fue la deserción.
Hay que imaginar un refrescante vaso de cualquier bebida en el medio de un caluroso desierto. Y luego un horda de sedientos que se abalanzan sobre él. Esa era la metáfora de Ana y sus monstruos. Ella fue como un vaso donde se introdujeron cientos de popotitos ansiosos y deformados: necesariamente debía gastarse con rapidez.
A finales del segundo año, Ana era francamente un esperpento; tenia las tetas caídas hasta la cintura, la espalda doblada, hablaba con una ligera afonía que la hacia parecer siempre al borde del llanto y había agudizado aquella mirada desolada.
Así fue como aquel prodigo vaso comenzó a quitar la sed pero ya no por saciedad sino por inhibición del deseo. Verla quitaba las ganas de todo. Ana podía inspirar, a lo sumo, deseos solidarios de ayudarla a cruzar la calle. Pero jamas de cogerla. Y no hacia falta ser normal para darse cuenta; porque para eso corría el instinto y no la mente.
Así es que en breve debió comprobar con dolor, como monstruos que, antes de ella, había vivido a las pajas limpias. Ahora, habiendo mordido la carne del deseo, no lograban, frente a su cuerpo fláccido, una miserable erección. Y preferían volver a sus prácticas solitarias para coger con su pasado y no con su presente. De esta manera, Ana, competía y perdía contra su propio recuerdo. Y un chorro de esperma festejaba así, en la soledad del baño, el retorno de sus tetas exhultantes, encuadrado en la dudosa pureza de un azulejo blanco.
Llegaba el fin de su multitudinario amor: Pronto ya ni los mas monstruosos seres consentirían en compartir su cama. Y si algunos seguirían yendo, sería simplemente para visitarla como se visita a una abuela. Por un cariño casi filial.
Al tercer año de su obra, solo Oscarcito y algunos de los mas deformes y tarados continuaban firmes. Pero de todos ellos, el único que seguía como el primer día, amante y enamorado, era el pobre Oscarcito. Y era por su amor, desinteresado y desmesurado, que Ana encontraba todavía una razón para vivir. Pero la tarea llegaba a su fin.


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