Escribiendo una novela on-line

Bienvenidos a la cocina de una novela. Dia a dia, encontraran publicado el refinamiento del material original de mi novela "Santana". Que lo disfruten.

Name: Mario La Menza
Location: Las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas, Spain

Supongo que me parezco a lo que imaginan de mi mis lectores.

Saturday, January 12, 2008

Guitarrero

Supongo que no lo saben, pero además de ciber-novelista soy guitarrero aficionado. De tal suerte que, en mis escasos ratos de ocio, me busco canciones con acordes para guitarra y me pongo a torturar a los vecinos.
La cuestión es que uno de los grandes problemas de todo guitarrero, es amoldar la canción al deslucido registro vocal con que viene uno equipado. Solía ponerme a transportar con papel y lapiz, hasta que finalmente hace una semana me cansé. Así es que escribí un programa y colgué el resultado en internet para no tener que acordarme de donde lo puse.
Los que visiten www.transposer.org, se van a encontrar una página bien minimalista: Con poco más que un formulario y un boton. El funcionamiento está chupado:
Ustedes van al sitio donde está la canción que les interesa. La copian. La pegan en el formulario de transposer. Eligen la nota a la cual la quieren transportar y hacen clic en el botón de transportar.
Si todo va bien, en lo que tardan en pestañear, les aparecé la misma canción transportada y lista para imprimir. El único requisito es que tiene que estar en cifrado americano. Lectores guitarreros: ¡Que les aproveche!

Tuesday, August 22, 2006

Buenas nuevas para lectores ortodoxos


Al fin SANTANA versión web


Si sos de esas personas ansiosas a las que les gusta leer desde el final hacia el principio. Este formato de blog es para vos. Pero si sos de los que prefieren enterarse del final, cuando toca, aqui la venías teniendo chunga.
La cuestión es que hoy tengo una buena nueva. Resulta que Google (¿quien sino?, son tan buenos que dan miedo) ha creado un sitio de hosting y edicion de paginas webs gratuito llamado Page Creator apenas lo vi pensé en los abnegados lectores de Santana. Así es que me arremangué un rato y empecé la migración. Total que para leer esta maravillosa obra como Dios manda haz clic aqui y a pasar página de derecha a izquierda.
Aunque en rigor si te gusta ir de atras adelante igual te sirve porque tiene un formato web con menu en los capítulos.
Aún no la subí toda, pero de aqui a que te leas los 10 capitulos que subi ya encontrarás el resto.
Saludos y a disfrutar que es gratis.

Friday, September 16, 2005

¿Y ahora que?

Me han llegado correos de gente que consideraba que con el fin de Ana Santana su vida ya no tenía sentido. Alguno incluso juraba que de encontrar el viejo hotel de la calle San Lorenzo iría hasta la ultima habitación y abriría la ventana de par en par para arrojarse tras los pasos de nuestra heroína. A esos talibanes de Santana dejenme decirles: No sean tan extremos. La vida aún puede depararles maravillosas sorpresas.
Sin ir más lejos tal vez comienze a publicar otra obra. Asi es que si quieren mandarme sus correillos prometo avisarles cuando comienze nuestro siguiente encuentro literario. Pero ya que estamos y saliendonos de la literatura para entrar en la más pura realidad, dejenme contarles una inquietante historia sin final que estoy viviendo por estos días.
Sabran ustedes que yo vivo desde hace unos añetes en Las Palmas de Gran Canaria. Bien, en el corazón de Triana, más precisamente en la intersección de las calles Viera y Clavijo y Buenos Aires hay un negocio que vende instalaciones de cocinas. Y a pocos metros un bareto donde suelo ir a escuchar buen jazz artesanal. Resulta ser que noches atras a alrededor de la una de la mañana pasé por la esquina en cuestión. Como estoy aún terminando las reformas de mi casa me detuve en la vidriera de la casa de cocinas. Estaba observando interesadamente una isla de madera cuando en el reflejo de la vidriera vi una mujer de poderoso culo. Desde siempre yo, en la dicotomia entre culonas y tetonas (las mujeres que tienen buenas tetas y buen culo no existen) he elegido a las primeras. Hago este comentario personal para que entiendan porque inmediatamente deje de posar la vista en la isla de teca para concentrarme en intentar aumentar la resolución de la imagen del maravilloso culo que tenía a mi vera. Así es que viendo en el reflejo que la dama se alejaba giré sobre mi mismo para permutar la imagen virtual por la real. A estas alturas Ustedes ya estarán pensando ¿pero este boludo me hace perder mi valioso tiempo para contarme que vio una mina que tenía un buen culo?
Y la respuesta es no. Y eso es lo más inquietante. Al girarme para verla irse caminando no vi más que la calle vacía. Busque con la vista en la vidriera y alli seguía alejándose pero no había ningún correlato en la dimension que habitaba yo. De hecho estaba solo en la calle. Permanecí todavía unos instantes y finalmente empecé a caminar hacia casa. En la noche solo se oían mis pisadas por Buenos Aires, calle arriba.

Escribanme. Seguimos en contacto.

Thursday, September 08, 2005

Final

LXVIII



Lo primero que Ana buscó con la mirada fue al pelado. Pero este ya no estaba. En su lugar había un pibe con cara de sobrador que leía una Play Boy y que, a juzgar por la baranda, acababa de fumarse un porro.

- Dame la habitación del último piso... esa. -dijo Ana, impaciente, señalando el viejo chapón de medio kilo.

El flaco la miró a ella, lo miró a Oscarcito y se rió. “Que buen fumo”, pensó mientras le alcanzaba la llave.

- ¿Paga ahora, abuela?

- Si -contestó ella abriendo distraída la cartera.

-¡Tomá! -le dijo sacando todos los billetes que tenía y poniéndolos en parva sobre el mostrador.

- ¿Eh, qué hace? -preguntó el pibe sorprendido.

- Está bien, quedate con el vuelto.

El flaco se encogió de hombros y sorprendido y solicito dijo:

- Gracias...abuela. ¿Quiere que la acompañe, abuela?

Ana sonrío.

- No me hace falta “nieto” -recalcó-. Sé de sobra como ir.

Y tomada de la mano de Oscarcito comenzó a trepar los infinitos escalones.

Todo le traía recuerdos; las escaleras ensortijadas, el olor de la madera, la humedad, el polvillo, el rechinar de los escalones. Ana miraba, aspiraba, tocaba, y era como si repasara viejas fotos. Multitud de recuerdos felices se le vinieron encima alegrando su alma cansada.

Y cuando finalmente llegaron al rellano del último piso, los ángeles interrumpieron a los gritos su eterna orgía.

- ¡Es ella!, ¡es ella! -clamaban felices y soprendidos. Y Ana escuchó, gozoza, las corridas y las voces, en el fondo brumoso y oscuro del pasillo.

Abrió la rechinante puerta y entraron los dos a su vieja y querida habitación. Apenas cerró, los ángeles se abalanzaron sobre la cerradura. “Esta no me la pierdo” decía uno y todos reían y el que se agachó primero a espiar gritó “Eh ché, ¿quién me esta culeando?” y el pasillo era un jolgorio celestial.

Ana dejó la cartera sobre la cómoda desvencijada y se desnudó recorriendo con la mirada cada detalle. Aspirando ávida el aire plagado de olores que resucitaban en su mente viejas escenas de “aquellos” tiempos color sepia: La cómoda donde Jorge encontró la carta, el baño donde iba a mear de refilón, la cama de resortes oxidados, las paredes escritas (donde figuraban todos sus amores enmarcados en desprolijos corazones de virome azul). Y encontró todo igual. Porque el tiempo solo había pasado sobre ella.

Huy, está echa un escracho, pobre Ana”, observó un ángel. “A ver dejame a mi... ¡Si!. ¡Ni sombra de aquellas tetas!”, confirmó otro. “Si, pero al bobo mucho no le frega” dijo otro viendo como Oscarcito con los ojos inyectados en leche se le tiraba encima.

Los ángeles entonces, rieron admirados de dos cosas: del tamaño del pene de Oscarcito (muy bien dotado como todos los mogólicos) y de la virilidad que tenía y que le permitió echarse dos al hilo. Ana estaba tan contenta que acabó las dos veces. Después del segundo, Oscarcito descansó un poco pero en seguida se le paró la matraca de nuevo y se echó un tercero. Finalmente, Ana lo detuvo.

- Bueno, descansemos un poquito ahora. Me arde un poco, mi amor -propuso dolorida y felíz. Y Oscarcito asintió con una sonrisa boba y satisfecha.

Entonces Ana se sentó en la cama y se prendió un faso. Oscarcito se apretó junto a ella. Mientras fumaba, ella comenzó a rascarle la cabeza, canturreando bajito “La Catalina”.

- Estaba la Catalina... sentada bajo un laurel... -cantaba dulcemente acariciándole el pelo.

Y antes de terminar el faso, observó que Oscarcito ya estaba en un mundo feliz. Con una mirada maternal, Ana, continuo acariciándolo ya dormido. Hasta que sintió golpecitos suaves en las persianas.

Saltó de la cama ansiosa y emocionada y con una mano temblorosa tomó la falleba. Abrió la persiana con un chillido oxidado y sintió que las piernas le flaqueaban y que el alma le inflaba el cuerpo, cuando con la piel de gallina vio aparecer detrás de la celosía a todos sus muertos queridos. El Dos, su abuela, Ema, Herberto con Rubencito en brazos, Alfredito y muchos más estaban allí mirándola con infinita ternura.

Ana sintió que no cabia en si de la alegría.

- Queridos míos, queridos míos -repitió conmovida hasta la congoja.

- Mi nenita -dijo la abuela.

- Mi verdadero amor -dijo el Dos.

- Ana, querida -dijo Ema.

- Ana, midá, estamos con Dubencito espedándote -exclamó Herberto levantando la canastita.

- Vas a ver las poesías que te hice, Ana querida -le sonrió Rubencito.

Y ella llorando de felicidad exclamo:

- ¡Están todos!... ¡Están todos!

Y ellos se miraron con complicidad y dijeron:

- Si, estamos todos y te tenemos una hermosa sorpresa...

Y abriéndose en abanico dieron paso a una intensa luminosidad que se fue disipando lentamente, para finalmente, dejar distinguir a la criatura más bella que nadie nunca pudo imaginar. Y Ana extasiada reconoció en seguida (por el agujero cuadrado que lo traspasaba de lado a lado) a aquel hermoso ángel de sus sueños.

- Ana... -le dijo éste con una dulce sonrisa- has cumplido tu hermosa tarea. Ya es hora de que ocupes tu lugar...

Y extendiendo las manos, a través de la ventana, tomó las de ella para ayudarla a cruzar. Ana tocó aquellas manos y una sensación de liviandad y felicidad suprema la embargó. Pero antes de pasar volvió una mirada conmovida hacia Oscarcito y suplicó:

- Señor, por favor... es tan débil, pobrecito...

Y ya no necesitó decir más. El hermoso ser asintió y volviéndose hacia donde estaba Oscarcito sopló muy suavemente en su dirección. Su soplido movió apenas los cabellos del bobo. Luego la miró a Ana y le dijo:

- Y ahora ven con nosotros, SANTA ANA SANTANA.

Y Ana gozoza y santa se aferró a aquellas manos luminosas y saltó a la eternidad.


FIN





LXIX (Epílogo)



Al despertar Oscarcito se sintió extraño. Como si un caño de dentro de su cabeza se hubiera destapado de golpe. Vió su reflejo en el cristal de la ventana y aunque tenía la misma cara de siempre, sintió lo que no había sentido jamás: la tristeza del conocimiento. Y comenzo a llorar, como un recien nacido.
Y allí mismo, sobre la mesa desvencijada de la habitación donde ahora estaba más solo que nunca, escribio de un tirón los versos que ahora se han convertido en la oración que todos rezamos cuando le rogamos a Santa Ana Santana la bendicion formidable del amor:



SANTA ANA SANTANA




Santa Ana de los tristes

y de los desolados

de los de manos inquietas

por el amor denegado

Yo te lo ruego Santa Ana

líbrame del miedo eterno

que andando solo el camino

es más infierno este infierno


Prende una luz de pasión

para iluminar mi vida

y déjame escapar del mundo

entre dos piernas queridas


Santa Ana de los tristes

y de los desolados

que llegue pronto mi fin

si el fin es ir a tu lado.






Mario La Menza


Sunday, September 04, 2005

Capitulo LXVII

Hacía un calor asfixiante y los rayos del sol retorcían el aire sobre el asfalto aquel mediodía de Diciembre.

Ana y Oscarcito intentaron entrar a almorzar en dos restaurantes. Pero en los dos tuvieron la misma respuesta: que lo lamentaban mucho, que los disculparan, que lo lamentaban de nuevo, pero que por las reglas de la casa no se permitía ingresar ni animales, ni deficientes mentales. Afeaban el local.

Con el primero Ana quedo tan estupefacta, que pegó media vuelta sin decir ni a. Y recién caminando en la vereda masticó la bronca.

Pero con el segundo explotó. Ante la mirada sorprendida y avergonzada del mozo gritó:

- ¿Pero que mierda se creen que son? ¡hijos de puta! ¡es preferible no tener cabeza a no tener corazón! ¡mierdas!

Y tomando de la mano a Oscarcito, salió dando un estremecedor portazo. Ya en la calle, descartó probar con otro restaurante y puso rumbo a los carritos del bajo.

Caminando bajo las sombra fresca de los arboles, llegaron a uno de los carritos de la Avenida Belgrano. Compraron dos jugosos lomitos y se sentaron a comerlos en un banco de cemento, frente al monumento. Trataron de pasar el sandwich tomando agua de un bebedero cercano pero esta salía tan caliente que daba náusea. Así es que Ana le compró a Oscarcito una gaseosa que lo llenó de graciosos eructos.

Realmente el día no daba para caminar, pero terminado el lomo, Oscarcito, sacó repetidamente la lengua (señal de que quería un helado). Y como en el carrito se habían terminado, Ana comprensiva lo tomó de la mano y volvieron al centro.

Entraron a la peatonal por Laprida y en la primer heladería que encontraron compraron dos helados. Luego, siguiendo el sendero de la sombra, los comieron mirando vidrieras.

Ya llegando a Sarmiento, Oscarcito le tironeó de la mano para ir hasta la vidriera de una jueguetería. El negocio estaba cerrado, fuera de horario. Frente a los juguetes el pavote se puso eufórico. Con la cara brillante de helado señalaba todo. Y todo a los gritos. Un traje de Batman, los autitos, una ametralladora, las muñecas y hasta la registradora de cuatro totales que descansaba sobre el mostrador. Oscarcito era un consumista en potencia.

Ana lo esperaba, pegando las últimas legueteadas a su helado, cuando sintió sorprendida que la agarraban de las tetas. Se dió vuelta instintivamente, pero no había nadie detrás. Buscó luego su reflejo en la vidriera y difusa tras el cristal, apareció ella sola (Oscarcito estaba con la cara apretada contra el vidrio). Cuando la sensación se repitió, bajó pasmada la mirada hasta sus pechos y vio que estos se deformaban como si dos manos invisibles los apretaran. Y entonces sin poder contenerse esbozó un grito espantado. Pero de repente, como un rayo de luz en la penumbra, se le aparecieron los versos finales de aquel poema del Dos:



Y me iré los sábados a la peatonal

y amparado en la nada que lleve de ropa

y en la muerte absurda y en su impunidad

tocare los culos, las tetas, las conchas

y seré feliz toda la eternidad.


Con ojos increíbles Ana gritó en voz alta:

- ¿Dos?, ¿sos vos? -Y puso las manos sobre el pecho para tocar a esas otras manos invisibles.

- ¡Dos! ¡Mi amor!, ¿estás acá? -insistió radiante ante la mirada boba de Oscarcito. Pero ninguna voz le respondió. Y entonces, como una señal, las manos invisibles apretaron alternativamente las dos gomas.

- ¡Si sos vos apretame la teta izquierda! -rogó ella, súbitamente inspirada. Y la respuesta llego entonces con unos dedos invisibles hundiéndose en su pecho izquierdo.

Ana sintió que se le erizaba la piel y el cabello. Permaneció anonadada unos instantes. Acariciando embelesada aquellas manos invisibles y repitiendo:

- ¡Mi amor! ¡mi amor! ¡mi amor!

Y luego, casi con urgencia, preguntó

- Mi amor, ¿nos vamos a volver a ver?

Las manos entonces apretaron alternativamente los pechos y enseguida ella codificó:

- ¡Si nos vamos a volver a ver apretame la teta derecha!

Y al instante y felizmente, la teta derecha se deformó.

- ¿Y falta mucho?... -inquirió ansiosa- Apretame la derecha si falta mucho y la izquierda si falta poco.

Y fue, maravillosamente, su teta izquierda esta vez la que se hundió.

Ana estaba pletórica.

- Mi amor, mi amor, mi amor... -repitió sin saber donde mirar y un tipo que pasaba, sofocado de calor, exclamó con una sonrisa socarrona:

- Oia, la novia del hombre invisible.

Pero ella no lo oyó. Preocupada por una súbita liviandad, se recorría el cuerpo con las manos. Buscando, anhelante y angustiada, el fantasma del Dos. Pero este ya no estaba allí.

En ese preciso instante, pasaba desfilando por enfrente una de las clásicas yeguas rosarinas: Rubia, tostada, con un desquiciante pavo (tapado apenas por una breve minifalda blanca) y dos maravillosas tetas equilibrando por delante.

La niña venia, felina y ondulante, cuando súbitamente, (y poniéndose una mano sobre el globo izquierdo y la otra entre las nalgas) saltó desorbitada por el aire.

- ¡Hijo de puta! -exclamó Ana con una sonrisa emocionada. Y Oscarcito excitado por la visión manifestó con insistencia:

- Edo ulia, edo uliaaaa... ¡edo uliaaaa!

Ana se volvió hacia el y asintió con una sonrisa bondadosa.

- Si vamos. Vamos a ir a un lugar adonde yo iba hace ya mucho tiempo.

Precisó feliz e inútilmente, (si Oscarcito no entendia nada). Y entraron a caminar hacia el viejo e indestructible telo de la calle San Lorenzo.

Pero esta vez fué ella la que lo tironeó a Oscarcito. Y aunque estaban a cuatro agobiantes cuadras, llegaron enseguida.

Tuesday, August 30, 2005

Vieja bruja y el final

Queridos amigos todo tiene un final. Y nosotros ya estamos llegando al de nuestro breve periplo literario. Si, se termina nuestra apasionante cibernovela. En los proximos días publicaré el capítulo final de Santa Ana (el numero 69 para quienes les interese la numerología). Pero hoy y tal y como como lo prometí en anteriores bitácoras, les dejo la letra completa de Vieja bruja y un link para que puedan bajarsela (mp3 gratuitos). Está zipeada para engañar al hosting gratuito, pero hacen un doble clic y listo. Espero hayan la disfruten y seguimos en contacto. Saludetes.



Vieja bruja


Mira que eras mala, vieja bruja,

Cuando llegaste a mi jardín,

Yo que pensaba que todo es eterno,

Supe de pronto como era el fin.


Si no te detuvo una mirada tierna,

Si no te detuvo una lágrima gris,

Será que te importa muy poco del alma,

No es fácil ser bueno, sin ser feliz.


Después me he perdido en millones de historias,

Después me ha atrapado la voracidad,

Después me enterado que todo es en vano,

Después los contrario, y hoy, que más me da.


Sabré recibirte una mañana fría,

Una noche de enero, o un domingo de abril,

Te dejo la fecha y yo espero sin prisas,

El bruto secreto que me vas a decir.


Dejare jirones en hojas escritas,

En gestos de hijos, y en fotos de ayer,

Poblare el recuerdo de algún buen amigo,

Y de algún acreedor aferrado a un papel.


Pero mira que eras mala vieja bruja,

Que vas a volver algún día por mi jardín,

Y yo que andaré en mi segunda inocencia,

Volveré a enterarme que esto tiene fin.



Mario La Menza





Vieja bruja

Tuesday, August 23, 2005

Capitulo LXVI



A las ocho y treinta de la mañana del día quince de diciembre de mil novecientos ochenta y siete, Oscarcito y su padre batían palmas frente a la puerta de Ana.

- Hola... ¡que pinta tiene el novio! -exclamó Ana al abrir la puerta.

Oscarcito sonrío. Tenía puesto un traje gris que le apretaba los hombros, una camisa amarillita y una corbata marrón. El pelado no le iba a la zaga en mal gusto; pantalón marrón, saco verde musgo, camisa celeste y corbata floreada.

- ¿Y doña Ofelia? -preguntó Ana, inocente.

El calvo carraspeó, dibujó en su mente la imagen de su esposa (que dormía presa del soporífero que le había suministrado la víspera) y explicó:

- ¡Usted no sabe! Mi pobre Ofelia sufre de taquicardia, ¿vió?, y se puso tan contenta con la noticia que el corazoncito parecía que se le iba a saltar del pecho... así es que el médico tuvo que sedarla y recomendarle que se quede en cama... ¿puede creer que mala pata? - sonrío.

- ¿Pero que, no viene? -se extrañó Ana.

-Y no, si está sedada. Pero me recordó hasta el cansancio que le mande mil besos, gracias y felicitaciones.

- Y tanto como para cambiar de tema, el pelado sonrío galante y mintió- ¡pero usted si que está elegante, Doña Ana!

Ana le retribuyó la sonrisa e hizo un gesto de no darle importancia. Sabía que era imposible. Si hasta podría pasar por la madre del pelado.

- Bueno, vamos yendo... -exclamó saliendo y cerrando la puerta- yo había pensado en usted y su esposa como testigos, pero ahora tendremos que pedirle a alguno de los empleados del civil...

- Si, no va a haber problema -descontó el pelado.

- Auauauaua -opinó Oscarcito.

Y los tres caminaron hacia la Avenida para tomar un taxi. Ana y Oscarcito iban de la mano.

Tomaron un taxi negro y amarillo y se bajaron en la puerta del civil, que quedaba apenas a tres cuadras de la casa de “la dejada” y el mirador de partidos.

Apenás bajó del auto, Ana miró de pasada la vereda de enfrente y descubrió a Esteban, que rengueaba atrozmente hacia la Avenida. Levantó las cejas sorprendida, sonrío y lo llamó:

- ¡Esteban! ¡Esteban!

Esteban tardó en reconocerla. Pero finalmente lo hizo y se apuró a cruzar para saludarla.

- ¿Que hacés, Anita? -dijo Esteban, vivamente impresionado por el patético estado de su prima.

(El por su parte, como había envejecido de joven, lucía exactamente igual que antes)

- ¿Y vos? -exclamó Ana besándolo en la mejilla.

- Acá estoy... -sonrió resignado- con los trámites...

- ¿Trámites de qué?

- La transferencia de la pensión de la mami...

- ¿Todavía no la terminó? -exclamó Ana sorprendida.

- ¿Qué?... ¿no lo sabías?

- No, ¿que cosa? -preguntó Ana, que por el tono lúgubre de Esteban intuyó algo malo.

- Mamita murió -dijo Esteban con un nudo en la garganta.

- ¿Qué? ¡No me digás! -exclamó Ana- ¿Cómo fué?

- Murió parada... -dijo con los ojos brillantes- Esperando en la cola del Ministerio... Se dio cuenta un empleado cuando ya estaban cerrando y la vió ahí durita. Parada en el medio del hall...

- Ohhh... pobre...¿y nadie pudo hacer nada? -clamó Ana.

- Que va, me dijo el empleado que todos se apuraban a quitarle el lugar...

Ana puso una mano consoladora sobre el hombro de Esteban.

- Pobre tía...-suspiró y reflexionó- ya estaba viejita...

- Si, pobrecita... ya no tenía edad para hacer esas colas...

- Me dejás helada... lo siento... -dijo Ana con sinceridad.

Esteban hizo un gesto de resignación y ella le apretó el hombro para darle fuerzas. Como para cambiar el clima el rengo preguntó:

- ¿Y vos, Anita? ¿cómo andás?

Ana sonrío.

- Bueno, nos encontramos justo, porque vengo a casarme.

- ¡Te casás! -exclamó entre incrédulo y sorprendido. Y volviéndose, rápidamente hacia el pelado, dijo efusivo:

- ¡Lo felicito, señor! -al tiempo que le estrechaba la mano.

El pelado sonrío por las cosquillas que le hicieron los pelos de las manos de Esteban.

- Le agradezco la felicitación, señor. Pero es mi hijo el novio... -sonrió el pelado, señalando a Oscarcito con la mano libre.

Esteban se quedó perplejo mirando al pavote que sonreía detrás de sus lentes gruesos y verdes. Estupefacto, soltó al pelado y mecánicamente le extendió la mano a Oscarcito. Oscarcito se la tomó y empezó a samarrearlo alegremente.

- El es mi primo -explicó Ana volviéndose hacia el pelado, que intranquilo lo miraba a Esteban (a punto de perder el equilibrio gracias a la efusividad del bobo).

- ¡Oscarcito! -gritó.

Y el bobo lo soltó.

- ¿Porque no te quedás para la boda? ¿No te gustaría ser testigo? -Lo invitó Ana.

- Sí, dale. ¿Que me hace, perder un día de trámite?.. a esta altura... -razonó Esteban contento. Y entraron los cuatro a la repartición.

Desde el momento en que ellos entraron y hasta que se fueron, los empleados de la repartición no dejaron de reírse. El vendaval de carcajadas se desató no bien entraron al hall central:

- ¡Uia, la familia monster! -gritó una voz socarrona.

El padre de Oscarcito se volvió inmediatamente, con el ceño fruncido, pero solo encontró un conjunto de cabezas temblorosas, ocultándose reclinadas sobre los escritorios.

En ese mismo instante desde la oficina del juez de paz se asomó un tipo delgado y sonriente que resultó ser, justamente, el juez de paz. Reprimiendo una carcajada que le movía las facciones, les preguntó:

- Ustedes... ¿por que trámite están?

- Enlace -respondió sonriente el pelado.

El tipo, ya más sosegado, los miró a el y a Ana y les dijo:

- Bueno, pasen... necesitan dos testigos. El señor esta bien -dijo señalándolo a Esteban- pero necesitarían uno más -aclaró en obvia alusión a la nulidad de Oscarcito.

El pelado sonrío.

- No, señor juez. Yo no soy el que se casa con la señora... es mi hijo.

El juez lo miró, entonces, a Esteban.

- Perdone señor, pasen... aunque el problema sigue siendo el mismo.

- No, señor -negó el rengo y señalando a Oscarcito dijo- el novio es él.

El juez lo miró durante un instante con los ojos desorbitados. Y finalmente gritó:

- ¡¿El mongólico?!

Y estalló en una furibunda carcajada, arrastrando a sus empleados que entraron a revolcarse sobre los escritorios. Arrugando papeles, tumbando abrochadoras, frascos de goma y lapiceros se contorsionaban los cagatintas, tapándose las caras con las manos o agarrándose barrigas y tetas temblorosas.

Ana sonreía comprensiva. Pero el pelado los llamó enérgicamente al orden:

- ¡Por favor señor! ¡Esto es una falta de respeto inadmisible! !Pero que se han creído! -gritó por sobre el estruendo de las carcajadas.

El juez, avergonzado, pero sin poder dejar de reírse trató de disculparse:

- ¡Perdóneme, señor!... jajajaja... !Por favor... jijijiji ...le ruego que me disculpe, no se que me... jaja ja.. pasa!...jajajojijo... ¡no me puedo controlar!... jajajijijo...

Entonces sacudió enérgicamente la cabeza, recordó un par de parientes fallecidos y luego se animó a preguntarles:

- Pero... ¿saben que...jajaja... saben que él no puede casarse sin autorización? -logró terminar sobreponiéndose a la risa.

- Así es señor, ¡y yo soy el padre de mi hijo! -dijo memorablemente el calvo con la voz aflautada por los nervios. Y todos, tentados como estaban, comenzaron nuevamente a revolcarse de la risa.

Después de unos instantes el juez interrumpió sus imparables risotadas y dijo:

- Ah, muy bien... ¡López!

Uno de sus más risueños empleados fue hacia él.

- ¿Señor? -preguntó este con los ojos llorosos.

- Redacte la autorización de enlace y coloque en el documento una impresión digito-pulgar del mon... del novio -se corrigió a tiempo.

Lopez asintió apretando las mandíbulas, se volvió hacia Oscarcito y entre tentado y despectivo le dijo:

- ¡Veni, che!

Oscarcito paveando se fue detrás de él y López, ya frente a sus compañeros, lo señaló al bobo y dijo en medio de una carcajada:

- ¡Díganme si este no es el marido perfecto!

Y todos comenzaron a reírse ruidosamente y a intercambiar comentarios grotescos y maliciosos:

- Y... ¡seguro que tiene mas tripa que vos! -Gritó una de las empleadas.

- ¡Vos turra calláte que ni a uno de estos pudiste enganchar! -Se defendió Lopez y las carcajadas aturdían.

Mientras esperaban la redacción del documento, el pelado se mordía los codos de la bronca y Ana charlaba con Esteban sobre sus padres:

- Tu papá esta fenómeno. Cuando salí para el ministerio lo dejé mirando un partido que pasaban en diferido.

- ¿Y mi vieja? ¿Como esta?

- Bien también... siempre igual.

A Ana le tembló un poco la voz cuando preguntó:

- ¿Me odiará todavía?

- Noooo... no creo... -mintió Esteban.

- ¿En serio? -preguntó ella súbitamente animada.

- Si...

- La voy a ir a ver entonces. Apenas salgamos de acá me voy a ir a verlos. ¡tengo unas ganas!

Esteban se puso colorado. Carraspeó y se rectificó:

- No Anita, te mentí. Mejor no vayás. Tu mamá no te perdona y encima desde aquella vez parece que quedó delicada del corazón... nada grave, pero mejor no vayás... le puede caer mal.

Ana asintió en silencio. Los ojos le brillaban tristes. En ese momento pasó López, raudamente, y se metió en la oficina del juez de paz. Retumbaron algunas carcajadas y finalmente se oyó la voz del juez que los llamaba:

- ¡A ver los novios!

Entraron, entonces, ellos cuatro, seguidos por todos los empleados de la repartición. El pelado, Oscarcito, Ana y Esteban se pusieron, en ese orden frente al escritorio del juez. Y apretujados detrás de ellos, se ubicaron los risueños cagatintas. Solo faltaba una piba nueva, que habían mandado a comprar arroz de urgencia. El juez leyó la formula del matrimonio ante las miradas emocionadas del pelado y de Ana. Mientras tanto, Oscarcito papaba moscas y los empleados ahogaban risitas y cuchicheos maliciosos.

Cuando terminó de leer la fórmula el juez les preguntó “¿están de acuerdo?”.

- Si, señor -contestó Ana. Y todas las miradas confluyeron malvadamente en Oscarcito que seguía papando moscas.

- Contestále al señor. Decí que si... -lo instruyó el pelado.

- Contestá, mi amor -dijo Ana.

El bobo entonces con la boca abierta la miró a Ana, lo miró al juez (que ya tenía las facciones temblorosas), volvió a mirar a Ana y catastróficamente, dijo señalándola:

- ¡Teeetaaaa!

Cuando dijo esto la ceremonia estuvo a punto de naufragar: El juez y los empleados, se revolcaban sobre los muebles de la risa. La oficina entera era una marea de miembros palpitantes y carcajadas estruendosas, agudas, graves, afónicas y de todo tipo. Algunos corrieron al baño a mear de urgencia y más de uno no llegó a tiempo. Otros se rajaron hediondos pedos, que la risa les liberó con violencia. Y todo era un contínuo jolgorio donde resaltaba, estático y furioso el pelado. Que se hallaba al borde mismo del ataque de locura. Después de unos instantes de tragar hiel y apretando las mandíbulas, golpeó con furia sobre el escritorio. Sus golpes retumbaron en un súbito silencio.

- ¡Basta! ¡basta! ¡basta! -gritó rojo de ira y despidiendo llamaradas por los ojos.

Ante la ira del calvo, algunos empleados huyeron y el juez logró recomponerse un poco.

- Perdón señor... tiene toda la razón... pero es que esto... tiene toda la razón, pero comprenda por favor.

- Lo único que tengo que comprender es que usted y sus empleados son unos irrespetuosos -bramó el pelado.

Estuvieron unos instantes en silencio y finalmente el juez insistió con las disculpas.

- Perdón de nuevo señor. Tiene razón, perdón. Vamos a abreviar la ceremonia... Firme aquí, por favor -dijo señalando el acta.

El pelado entonces rodeó enérgicamente el escritorio y firmó el permiso, hundiendo con violencia la virome en el papel.

- Ahora responda usted en lugar de su hijo.

Les preguntó suscintamente si aceptaban el matrimonio y tanto Ana como el pelado, en representación de Oscarcito, aceptaron. Fueron a poner las firmas y luego fue el turno de los testigos. Esteban fue el primero. Rengueando dio la vuelta y puso una cruz en el acta. Luego fue el turno del pelado nuevamente. Firmó todavía con el ceño fruncido y recién después de la firma se permitió mirar a Ana y sonreír.

El juez con una sonrisa fruncida firmó el acta y le extendió una copia a Ana, diciendo pomposamente:

- Los declaro marido y mujer.

Todos aplaudieron con exageración y el pelado abrazó y besó a su hijo. Estaba emocionado. Tenía los ojos enrojecidos y le temblaba la barbilla. Un nudo le estrangulaba la garganta cuando le dijo, señalando afectuosamente a Ana:

- Querido... ella es tu señora, ahora... ¡ya sos todo un hombrecito!... -Terminó y cuando dijo esto algunas lagrimitas le mojaron las mejillas.

- Un hombrecito bastante pelotudo -murmuró una vocecita susurrante y los empleados, riendo alegremente, corrieron hacia la salida para repartirse el arroz con ansiedad.

Se ubicaron a los lados de la puerta formando un pasillo y apenas salieron los novios les arrojaron una lluvia de granos en la cabeza. Algunos tiraban con moderación, pero López y otros dos más se ensañaban con Oscarcito, tirándole violentos puñados en la cabeza. El bobo, siempre con la boca abierta, tragó decenas de granos.

Recién entonces, bajo el arroz, Ana tomó conciencia de su boda. Recordó el casamiento de María y recordó también cuando tiró ilusionada de la cinta que tenía la sortija y lo recordó al Dos y lo miró a Oscarcito y entonces no pudo más y se abrazó a él con fuerza, llorando. Y Oscarcito, contagiado, también empezó a llorar. Y entonces lloraron también el pelado, Esteban e increíblemente, hasta algunos de los empleados. Y así lo que antes había sido risa y jolgorio por el bobo de Oscarcito, por el mismo motivo se tornó en melancólica tristeza.

Luego de conmovedores abrazos, Ana se despidió de Esteban y de su flamante suegro. Este insistió en pagar un almuerzo para los cuatro, pero Ana les rogó que no se ofendieran pero que deseaba estar sola (con Oscarcito se entiende). Y así diciendo se fue por la vereda, con su flamante esposo de la mano. Rumbo al centro.

Capitulo LXV



- ¡Viejo! ¡Viejo!... ¡Vení!

El pelado canoso de cara fácil, llegó hasta el sitio de donde provenían los gritos. Era en la cocina. Sentados a la mesa estaban Oscarcito y su mujer. Esta última agitaba un papel en el aire.

- Mirá lo que le encontré al nene. Vení, tomá, leé. -Dijo extendiéndole la carta y batiendo records de órdenes por cantidad de palabras.

El pelado fué, tomó y leyó.


Rosario 14 de Diciembre de 1987.-


Señor Michelletti:

Le escribo estas líneas para comunicarle mi deseo de casarme con Oscarcito. La razón de esta es mi decisión de hacerlo heredero de mis bienes sin mayor trámite. Por este motivo le agradecería pasar por mi casa para, si está de acuerdo, ultimar detalles y escuchar sus sugerencias. Mi intención sería, en caso de contar con su aprobación, que la boda se realice a la brevedad.

Gracias.


Ana Santana.”


El pelado, sonriente, apartó la carta y miró a su mujer.

- ¿Que te parece? -exclamó. Y volviéndose a Oscarcito lo palmeó con fuerza.

- ¡Te felicito, macho!

- Auuaaua, teeeetaaaa -contestó Oscarcito.

- ¿O sea que te parece bién? -terció su esposa, extrañada.

- Bien no, ¡fabuloso vieja! ¡Oscarcito se va a casar! -exclamo eufórico. Y el pavote sintiéndose nombrado balbuceó:

- Nooovia, teeeetta, ulia, uliiiaaa.

Su mujer en cambio saltó como leche hervida.

- ¿Fabuloso? ¿Pero vos sós o te hacés?... ¿qué te creés que es nuestro hijo?... ¿vas a dejar que se case con una puta como esa?... ¿que tenés en la cabeza?... ¿no ves que es poca cosa para el nene?... ¿no ves que...

El pelado, harto de escuchar boludeces, la interrumpió:

- ¡Pará, pará un poquito! ¿No ves lo que es nuestro hijo?

- ¿Que tiene el nene? ¿que tenés que decir del nene? -se encocoró ella.

El pelado suspiró.

- Mirá Ofelia, el nene no es ninguna joyita. Y ya era demasiado lo que Doña Ana hacía por él. Y ahora encima...

Ella lo interrumpió.

- ¡No me hablés de “lo que hacía por él”! -gritó- ¡Si sabés que yo me opuse desde el primer momento a “lo que hacía por él”! -recalco irónicamente-. Fué por tu insistencia y para que no hiciera papelones en la calle que miré para otro lado. Pero esto ya no, es demasiado... ¡no! -repitió tajante- ¿me entendés?

- Pero ¿no te das cuenta del sacrificio que hizo esa mujer por Oscarcito?... ¡y encima ahora mirá lo que va a hacer para ponerlo de heredero!... ¡o te crees que es un orgullo...

- ¿Que vas a decir?... -volvió a interrumpirlo airada- ¡Vos sos el que no se da cuenta!... ¿no ves que esa quiere salvarse de vestir santos con nuestro hijo?... ¡ni loca voy a dejar que mi hijo cometa ese error! ¡para algo tiene madre!...¡estás loco!... ¿con todas las chicas lindas que hay se va a casar con ese vejestorio? -se preguntó.

El pelado la observó entonces con una expresión a medio camino entre el hastío y la lástima. Luego caminó hasta la puerta y antes de salir se volvió y le dijo:

- ¿Sabés una cosa?

- ¿Que?

- Vos sos más tarada que tu hijo.

Y salió.

La madre de Oscarcito, furiosa, tomó una virome y un pedazo de papel y con su letra de primero inicial redactó indignada:


Señora:

Ni se le ocurra pensar en casarse con mi hijo. Búsquese otro para tomarlo de estúpido. Mi hijo tiene madre. El es joven y tiene muchas posibilidades de contraer matrimonio con una mujer mas adecuada que usted, que lleva un vida licenciosa. Si tanto desea que la herede hágale un testamento y listo.


Ofelia G. de Michelleti”


Dobló el papel en cuatro y se lo puso a Oscarcito en el bolsillo. Media hora después sintió la puerta. Era el pelado que volvía.

- Ahí lo tenés. Ya es la hora. Acompañá a tu hijo a la casa de la degenerada esa... -le gritó todavía furiosa.

- ¡Vení nene! -llamó el pelado a Oscarcito. El pavote, como un resorte saltó de la silla y salió disparado para la puerta.

- Ulia, oje, oviaaa -clamó.

Y salieron.



Diez minutos mas tarde aplaudían en la puerta de Ana. Y unos instantes después se asomaba ella, doblada y lenta.

- Buenas tardes Doña Ana...

Ana sonrío.

- ¿Como le va?... ¿le dio la nota Oscarcito? -preguntó con su voz cascada.

En ese momento el bobo sacó la carta de su madre. El pelado intuyendo lo que decía, se la manoteó en el aire.

- Dame nene, para que vamos a andar con cartas... si estoy yo acá -dijo sonriendo.

- Venga pasen -los invitó Ana.

Instantes después, con un mate a centímetros de los labios el pelado decía:

- Y así es. Tanto yo como mi mujer no tenemos más que palabras de agradecimiento para usted.

- Bueno, gracias... de cualquier manera, las cosas no van a cambiar para Oscarcito... seguirá viviendo con ustedes y todo como hasta ahora... es una simple formalidad... para no meternos con abogados y esas cosas...¿vió?

- Claro, entiendo.

- Bien, ¿y cuando le parece que...?

El pelado se apuró a succionar el mate.

- Cuando usted disponga, Dona Ana.

- Bueno si es así, por mí, que sea mañana mismo... total...

- ¿Mañana mismo? -se asombró, pero enseguida coincidió:

- Esta bién, me parece muy bién... ¿mañana, entonces? -sonrió el calvo.

- Si. Venganse tempranito para acá, con su señora y Oscarcito. El civil que me toca es el de la Avenida... es el del barrio de mis padres. Es que nunca hice cambio de domicilio... -explicó.

- Bueno, pero... -se cortó el pelado pensativo.

Ana lo miro. Pareció que iba a poner algún reparo, pero terminó con una sonrisa.

- Chst, no nada, ¡esta bien! ¡mañana estamos los tres acá!

- No se me olvide la libreta de Oscarcito... -le recomendó Ana y pensativa preguntó- ¿nos faltará algo más?

- Me parece que nada más -contestó el calvo encogiéndose de hombros.

- ¡Ah, la hora!... -recordó Ana-... tratemos de estar temprano así no hay tanta gente -justificó.

Michelletti asintió y se puso de pie.

- Bueno nuera... -sonrió- mañana estamos todos por acá a eso de las ocho y media.

Ana sonrío también con la palabra “nuera” y el bobo por ósmosis pegó una tonta risotada y dijo:

- Teeetaaa oviaaa uliaaaa ojeee.

Wednesday, August 17, 2005

Capitulo LXV

LXV

- ¡Viejo! ¡Viejo!... ¡Vení!

El pelado canoso de cara fácil, llegó hasta el sitio de donde provenían los gritos. Era en la cocina. Sentados a la mesa estaban Oscarcito y su mujer. Esta última agitaba un papel en el aire.

- Mirá lo que le encontré al nene. Vení, tomá, leé. -Dijo extendiéndole la carta y batiendo records de órdenes por cantidad de palabras.

El pelado fué, tomó y leyó.

“Rosario 14 de Diciembre de 1987.-

Señor Michelletti:

Le escribo estas líneas para comunicarle mi deseo de casarme con Oscarcito. La razón de esta es mi decisión de hacerlo heredero de mis bienes sin mayor trámite. Por este motivo le agradecería pasar por mi casa para, si está de acuerdo, ultimar detalles y escuchar sus sugerencias. Mi intención sería, en caso de contar con su aprobación, que la boda se realice a la brevedad.

Gracias.

Ana Santana.”

El pelado, sonriente, apartó la carta y miró a su mujer.

- ¿Que te parece? -exclamó. Y volviéndose a Oscarcito lo palmeó con fuerza.

- ¡Te felicito, macho!

- Auuaaua, teeeetaaaa -contestó Oscarcito.

- ¿O sea que te parece bién? -terció su esposa, extrañada.

- Bien no, ¡fabuloso vieja! ¡Oscarcito se va a casar! -exclamo eufórico. Y el pavote sintiéndose nombrado balbuceó:

- Nooovia, teeeetta, ulia, uliiiaaa.

Su mujer en cambio saltó como leche hervida.

- ¿Fabuloso? ¿Pero vos sós o te hacés?... ¿qué te creés que es nuestro hijo?... ¿vas a dejar que se case con una puta como esa?... ¿que tenés en la cabeza?... ¿no ves que es poca cosa para el nene?... ¿no ves que...

El pelado, harto de escuchar boludeces, la interrumpió:

- ¡Pará, pará un poquito! ¿No ves lo que es nuestro hijo?

- ¿Que tiene el nene? ¿que tenés que decir del nene? -se encocoró ella.

El pelado suspiró.

- Mirá Ofelia, el nene no es ninguna joyita. Y ya era demasiado lo que Doña Ana hacía por él. Y ahora encima...

Ella lo interrumpió.

- ¡No me hablés de “lo que hacía por él”! -gritó- ¡Si sabés que yo me opuse desde el primer momento a “lo que hacía por él”! -recalco irónicamente-. Fué por tu insistencia y para que no hiciera papelones en la calle que miré para otro lado. Pero esto ya no, es demasiado... ¡no! -repitió tajante- ¿me entendés?

- Pero ¿no te das cuenta del sacrificio que hizo esa mujer por Oscarcito?... ¡y encima ahora mirá lo que va a hacer para ponerlo de heredero!... ¡o te crees que es un orgullo...

- ¿Que vas a decir?... -volvió a interrumpirlo airada- ¡Vos sos el que no se da cuenta!... ¿no ves que esa quiere salvarse de vestir santos con nuestro hijo?... ¡ni loca voy a dejar que mi hijo cometa ese error! ¡para algo tiene madre!...¡estás loco!... ¿con todas las chicas lindas que hay se va a casar con ese vejestorio? -se preguntó.

El pelado la observó entonces con una expresión a medio camino entre el hastío y la lástima. Luego caminó hasta la puerta y antes de salir se volvió y le dijo:

- ¿Sabés una cosa?

- ¿Que?

- Vos sos más tarada que tu hijo.

Y salió.

La madre de Oscarcito, furiosa, tomó una virome y un pedazo de papel y con su letra de primero inicial redactó indignada:

“Señora:

Ni se le ocurra pensar en casarse con mi hijo. Búsquese otro para tomarlo de estúpido. Mi hijo tiene madre. El es joven y tiene muchas posibilidades de contraer matrimonio con una mujer mas adecuada que usted, que lleva un vida licenciosa. Si tanto desea que la herede hágale un testamento y listo.

Ofelia G. de Michelleti”

Dobló el papel en cuatro y se lo puso a Oscarcito en el bolsillo. Media hora después sintió la puerta. Era el pelado que volvía.

- Ahí lo tenés. Ya es la hora. Acompañá a tu hijo a la casa de la degenerada esa... -le gritó todavía furiosa.

- ¡Vení nene! -llamó el pelado a Oscarcito. El pavote, como un resorte saltó de la silla y salió disparado para la puerta.

- Ulia, oje, oviaaa -clamó.

Y salieron.

Diez minutos mas tarde aplaudían en la puerta de Ana. Y unos instantes después se asomaba ella, doblada y lenta.

- Buenas tardes Doña Ana...

Ana sonrío.

- ¿Como le va?... ¿le dio la nota Oscarcito? -preguntó con su voz cascada.

En ese momento el bobo sacó la carta de su madre. El pelado intuyendo lo que decía, se la manoteó en el aire.

- Dame nene, para que vamos a andar con cartas... si estoy yo acá -dijo sonriendo.

- Venga pasen -los invitó Ana.

Instantes después, con un mate a centímetros de los labios el pelado decía:

- Y así es. Tanto yo como mi mujer no tenemos más que palabras de agradecimiento para usted.

- Bueno, gracias... de cualquier manera, las cosas no van a cambiar para Oscarcito... seguirá viviendo con ustedes y todo como hasta ahora... es una simple formalidad... para no meternos con abogados y esas cosas...¿vió?

- Claro, entiendo.

- Bien, ¿y cuando le parece que...?

El pelado se apuró a succionar el mate.

- Cuando usted disponga, Dona Ana.

- Bueno si es así, por mí, que sea mañana mismo... total...

- ¿Mañana mismo? -se asombró, pero enseguida coincidió:

- Esta bién, me parece muy bién... ¿mañana, entonces? -sonrió el calvo.

- Si. Venganse tempranito para acá, con su señora y Oscarcito. El civil que me toca es el de la Avenida... es el del barrio de mis padres. Es que nunca hice cambio de domicilio... -explicó.

- Bueno, pero... -se cortó el pelado pensativo.

Ana lo miro. Pareció que iba a poner algún reparo, pero terminó con una sonrisa.

- Chst, no nada, ¡esta bien! ¡mañana estamos los tres acá!

- No se me olvide la libreta de Oscarcito... -le recomendó Ana y pensativa preguntó- ¿nos faltará algo más?

- Me parece que nada más -contestó el calvo encogiéndose de hombros.

- ¡Ah, la hora!... -recordó Ana-... tratemos de estar temprano así no hay tanta gente -justificó.

Michelletti asintió y se puso de pie.

- Bueno nuera... -sonrió- mañana estamos todos por acá a eso de las ocho y media.

Ana sonrío también con la palabra “nuera” y el bobo por ósmosis pegó una tonta risotada y dijo:

- Teeetaaa oviaaa uliaaaa ojeee.

Capitulo LXV

- ¡Viejo! ¡Viejo!... ¡Vení!

El pelado canoso de cara fácil, llegó hasta el sitio de donde provenían los gritos. Era en la cocina. Sentados a la mesa estaban Oscarcito y su mujer. Esta última agitaba un papel en el aire.

- Mirá lo que le encontré al nene. Vení, tomá, leé. -Dijo extendiéndole la carta y batiendo records de órdenes por cantidad de palabras.

El pelado fué, tomó y leyó.

“Rosario 14 de Diciembre de 1987.-

Señor Michelletti:

Le escribo estas líneas para comunicarle mi deseo de casarme con Oscarcito. La razón de esta es mi decisión de hacerlo heredero de mis bienes sin mayor trámite. Por este motivo le agradecería pasar por mi casa para, si está de acuerdo, ultimar detalles y escuchar sus sugerencias. Mi intención sería, en caso de contar con su aprobación, que la boda se realice a la brevedad.

Gracias.

Ana Santana.”

El pelado, sonriente, apartó la carta y miró a su mujer.

- ¿Que te parece? -exclamó. Y volviéndose a Oscarcito lo palmeó con fuerza.

- ¡Te felicito, macho!

- Auuaaua, teeeetaaaa -contestó Oscarcito.

- ¿O sea que te parece bién? -terció su esposa, extrañada.

- Bien no, ¡fabuloso vieja! ¡Oscarcito se va a casar! -exclamo eufórico. Y el pavote sintiéndose nombrado balbuceó:

- Nooovia, teeeetta, ulia, uliiiaaa.

Su mujer en cambio saltó como leche hervida.

- ¿Fabuloso? ¿Pero vos sós o te hacés?... ¿qué te creés que es nuestro hijo?... ¿vas a dejar que se case con una puta como esa?... ¿que tenés en la cabeza?... ¿no ves que es poca cosa para el nene?... ¿no ves que...

El pelado, harto de escuchar boludeces, la interrumpió:

- ¡Pará, pará un poquito! ¿No ves lo que es nuestro hijo?

- ¿Que tiene el nene? ¿que tenés que decir del nene? -se encocoró ella.

El pelado suspiró.

- Mirá Ofelia, el nene no es ninguna joyita. Y ya era demasiado lo que Doña Ana hacía por él. Y ahora encima...

Ella lo interrumpió.

- ¡No me hablés de “lo que hacía por él”! -gritó- ¡Si sabés que yo me opuse desde el primer momento a “lo que hacía por él”! -recalco irónicamente-. Fué por tu insistencia y para que no hiciera papelones en la calle que miré para otro lado. Pero esto ya no, es demasiado... ¡no! -repitió tajante- ¿me entendés?

- Pero ¿no te das cuenta del sacrificio que hizo esa mujer por Oscarcito?... ¡y encima ahora mirá lo que va a hacer para ponerlo de heredero!... ¡o te crees que es un orgullo...

- ¿Que vas a decir?... -volvió a interrumpirlo airada- ¡Vos sos el que no se da cuenta!... ¿no ves que esa quiere salvarse de vestir santos con nuestro hijo?... ¡ni loca voy a dejar que mi hijo cometa ese error! ¡para algo tiene madre!...¡estás loco!... ¿con todas las chicas lindas que hay se va a casar con ese vejestorio? -se preguntó.

El pelado la observó entonces con una expresión a medio camino entre el hastío y la lástima. Luego caminó hasta la puerta y antes de salir se volvió y le dijo:

- ¿Sabés una cosa?

- ¿Que?

- Vos sos más tarada que tu hijo.

Y salió.

La madre de Oscarcito, furiosa, tomó una virome y un pedazo de papel y con su letra de primero inicial redactó indignada:

“Señora:

Ni se le ocurra pensar en casarse con mi hijo. Búsquese otro para tomarlo de estúpido. Mi hijo tiene madre. El es joven y tiene muchas posibilidades de contraer matrimonio con una mujer mas adecuada que usted, que lleva un vida licenciosa. Si tanto desea que la herede hágale un testamento y listo.

Ofelia G. de Michelleti”

Dobló el papel en cuatro y se lo puso a Oscarcito en el bolsillo. Media hora después sintió la puerta. Era el pelado que volvía.

- Ahí lo tenés. Ya es la hora. Acompañá a tu hijo a la casa de la degenerada esa... -le gritó todavía furiosa.

- ¡Vení nene! -llamó el pelado a Oscarcito. El pavote, como un resorte saltó de la silla y salió disparado para la puerta.

- Ulia, oje, oviaaa -clamó.

Y salieron.

Diez minutos mas tarde aplaudían en la puerta de Ana. Y unos instantes después se asomaba ella, doblada y lenta.

- Buenas tardes Doña Ana...

Ana sonrío.

- ¿Como le va?... ¿le dio la nota Oscarcito? -preguntó con su voz cascada.

En ese momento el bobo sacó la carta de su madre. El pelado intuyendo lo que decía, se la manoteó en el aire.

- Dame nene, para que vamos a andar con cartas... si estoy yo acá -dijo sonriendo.

- Venga pasen -los invitó Ana.

Instantes después, con un mate a centímetros de los labios el pelado decía:

- Y así es. Tanto yo como mi mujer no tenemos más que palabras de agradecimiento para usted.

- Bueno, gracias... de cualquier manera, las cosas no van a cambiar para Oscarcito... seguirá viviendo con ustedes y todo como hasta ahora... es una simple formalidad... para no meternos con abogados y esas cosas...¿vió?

- Claro, entiendo.

- Bien, ¿y cuando le parece que...?

El pelado se apuró a succionar el mate.

- Cuando usted disponga, Dona Ana.

- Bueno si es así, por mí, que sea mañana mismo... total...

- ¿Mañana mismo? -se asombró, pero enseguida coincidió:

- Esta bién, me parece muy bién... ¿mañana, entonces? -sonrió el calvo.

- Si. Venganse tempranito para acá, con su señora y Oscarcito. El civil que me toca es el de la Avenida... es el del barrio de mis padres. Es que nunca hice cambio de domicilio... -explicó.

- Bueno, pero... -se cortó el pelado pensativo.

Ana lo miro. Pareció que iba a poner algún reparo, pero terminó con una sonrisa.

- Chst, no nada, ¡esta bien! ¡mañana estamos los tres acá!

- No se me olvide la libreta de Oscarcito... -le recomendó Ana y pensativa preguntó- ¿nos faltará algo más?

- Me parece que nada más -contestó el calvo encogiéndose de hombros.

- ¡Ah, la hora!... -recordó Ana-... tratemos de estar temprano así no hay tanta gente -justificó.

Michelletti asintió y se puso de pie.

- Bueno nuera... -sonrió- mañana estamos todos por acá a eso de las ocho y media.

Ana sonrío también con la palabra “nuera” y el bobo por ósmosis pegó una tonta risotada y dijo:

- Teeetaaa oviaaa uliaaaa ojeee.

Tuesday, August 09, 2005

Vacaciones

Queridos lectores, os pido perdón. He recibido algunos correos vuestros cargados de invectivas e indignación, ante mi aparente abandono de la crónica de lo acontecido con Ana Santana. Algunos de Ustedes han llegado incluso a acusarme de fraude moral, esbozando que me estoy haciendo el pelotudo, porque en realidad no la tengo terminada. ¡Abráse visto tamaña falsedad!
Os pido perdón nuevamente y os aseguro que no es así. Aunque comprendo merecer vuestra desconfianza.
En pocas palabras, mi crimen ha sido pirarme de vacaciones y no anunciaroslo. Las prisas del ultimo día han sido las culpables (junto con la falta de conexión a Internet de la hostelería española). Pero ya estoy de regreso y mañana mismo por la noche (hoy tampoco puedo porque encima estoy de mudanza) os publicaré el primero de los pocos capítulos que nos quedan para conocer en detalle lo acontecido a nuestra entrañable heroína. Así que un poco de paciencia, manga de chupópteros, y serenidad, que ya estamos en la recta final.
Ah, y aprovecho para anunciaros que también (y por pedido de algunos de Ustedes) publicaré la letra completa y un mp3 de "Vieja bruja", aquella canción citada en la Elegia para maquinita. Y si resulta que os gusta, en los próximos días, publicaré una cuantas más. Bueno, esto es todo por ahora. Saludos y hasta mañana por la noche.

Saturday, July 23, 2005

Capitulo LXIV



El día del cumpleaños numero veintisiete de Oscarcito (tres años después del inicio de la obra), Ana reunió a todos los monstruos que le quedaban.

Alrededor de la torta, con bonetes y pitos no había más de seis engendros. De los cuales, solo dos eran de la primera época; el propio Oscarcito y Joaquin, (el renguito que le había recomendado a la tecno-bruja). El resto eran dos paralíticos y dos retrasados "nuevos". Uno de los retrasados tenia una cabeza que parecía haber sido estirada, hacia arriba, cuando aún estaba fresca. Y el otro era un mongui común y silvestre con la particularidad de que estaba siempre sonriendo. De ahí que los paralíticos lo apodaran “el boludo alegre”.

Tanto Joaquin como los dos “nuevos” habían ido por el expreso llamado telefónico de Ana. Que, aparte de que quería que hubiera gente en el cumpleaños, les tenia especial cariño. Pero hacía ya mucho tiempo que habían dejado de ir. Dado que cuando comenzó el deterioro, los mas inteligentes se borraron primero.

Así los tres se impresionaron vivamente cuando la vieron. Joaquin por ejemplo, que llevaba casi un año sin verla, imaginó de primera que, la sexagenaria que le habría la puerta, debía ser la madre de Ana. Por eso cuando vió que se equivocaba y que era la propia Ana, se quedó alelado. Y no logro disimularlo lo suficiente.

- ¿Viste como estoy, Joaquin? -le dijo ella.

- ¡Pero si estás bien! Lo que si, se te ve un poco cansada, tenés que aflojar un poco -mintió Joaquin.

Ana negó con una sonrisa resignada.

- Chst, envejezco tan rápido que ya deberían festejarme los cumplemeses.

Joaquin rió con la humorada pero pensó con tristeza que era totalmente cierto. Y por no saber que decirle decidió meterse rápidamente en la cocina. Abrió la puerta y lo recibió la imagen de Oscarcito riendo y babeándose. Y luego y rápidamente la de todos los demás.

Ana le había querido hacer una linda torta en forma de patito. Pero, durante la cocción, la masa se deformó y según uno de los paralíticos había terminado pareciendo un ganso. Este ligero percance, bastó para que los tres paralíticos se destornillaran de risa a costillas de Oscarcito.

Pero lo mejor llegó cuando prendieron la vela y le cantaron, alegremente, el happy birthday: Oscarcito se dispuso a extinguirla y para ello aspiró una exagerada cantidad de aire. Luego hizo fuerza como para largarlo, pero sin abrir la boca. Daba espasmos de risa, verlo colorado y al borde del estallido, mirando la vela con ojos desorbitados. Fue tan hercúleo el esfuerzo que finalmente, y ante las carcajadas de todos, termino rajándose un ruidoso pedo.

Finalmente Joaquín, ubicándose detrás, le sopló la simbólica vela (de sus veintisiete años perdidos) y se la apagó. Entonces todos aplaudieron. Oscarcito incluído. Y uno de los paralíticos congeló la imagen con una Polaroid. El bobo, contento por ser el centro de la atención, quiso expresar su alegría y decidió hacer ruido. Agarró un pito y empezó a soplar con alma y vida. Pero la baba lo traiciono; en vez de sonido salieron ráfagas de saliva vaporizada que mojaron a todo el mundo. Y todos aplaudieron muertos de risa.

Como todos los viejos, Ana lloraba de nada. Cuando lo miró a Oscarcito y lo vió reír felíz con su carita de bobo, el pito en la boca y un bonete colorido y puntiagudo en la cabeza, sintió absurdamente que se le partía el alma.

Para no aguar la fiesta, se fue de la cocina. Se metió en la piecita de los masajes, se derrumbó sobre la mesa y recién entonces se permitió llorar. Estuvo así unos minutos y luego levantó la cabeza. Con la mirada enrojecida, asintió con un gesto silencioso a un interlocutor invisible, y tomó papel y lápiz para redactar una carta que dirigió al "Señor Michelletti:". El padre de Oscarcito.


Wednesday, July 20, 2005

Capitulo LXIII



Las colas afuera de la casa, paulatina pero firmemente, comenzaron a acortarse. La primera causa, como ya referimos, fueron los fallecimientos. Pero con el correr del tiempo, la fundamental y no menos dolorosa, fue la deserción.

Hay que imaginar un refrescante vaso de cualquier bebida en el medio de un caluroso desierto. Y luego un horda de sedientos que se abalanzan sobre él. Esa era la metáfora de Ana y sus monstruos. Ella fue como un vaso donde se introdujeron cientos de popotitos ansiosos y deformados: necesariamente debía gastarse con rapidez.



A finales del segundo año, Ana era francamente un esperpento; tenia las tetas caídas hasta la cintura, la espalda doblada, hablaba con una ligera afonía que la hacia parecer siempre al borde del llanto y había agudizado aquella mirada desolada.

Así fue como aquel prodigo vaso comenzó a quitar la sed pero ya no por saciedad sino por inhibición del deseo. Verla quitaba las ganas de todo. Ana podía inspirar, a lo sumo, deseos solidarios de ayudarla a cruzar la calle. Pero jamas de cogerla. Y no hacia falta ser normal para darse cuenta; porque para eso corría el instinto y no la mente.

Así es que en breve debió comprobar con dolor, como monstruos que, antes de ella, había vivido a las pajas limpias. Ahora, habiendo mordido la carne del deseo, no lograban, frente a su cuerpo fláccido, una miserable erección. Y preferían volver a sus prácticas solitarias para coger con su pasado y no con su presente. De esta manera, Ana, competía y perdía contra su propio recuerdo. Y un chorro de esperma festejaba así, en la soledad del baño, el retorno de sus tetas exhultantes, encuadrado en la dudosa pureza de un azulejo blanco.


Llegaba el fin de su multitudinario amor: Pronto ya ni los mas monstruosos seres consentirían en compartir su cama. Y si algunos seguirían yendo, sería simplemente para visitarla como se visita a una abuela. Por un cariño casi filial.


Al tercer año de su obra, solo Oscarcito y algunos de los mas deformes y tarados continuaban firmes. Pero de todos ellos, el único que seguía como el primer día, amante y enamorado, era el pobre Oscarcito. Y era por su amor, desinteresado y desmesurado, que Ana encontraba todavía una razón para vivir. Pero la tarea llegaba a su fin.

Saturday, July 16, 2005

Capitulo LXII



Predomina la desdicha, es así. Entre la alegría y la tristeza, gana siempre la congoja: a Ana, que tenia el amor de cientos de monstruos, la muerte de unos solo de ellos la dejaba totalmente abatida.

Entregada al amor como estaba, cada fallecimiento le representaba una desgarradora viudez. Y así aquella cualidad de enamorarse de todos, termino siendo por obra del destino su verdadero martirio.

Desde el fallecimiento de Rubencito, para colmo, las muertes se sucedían con demasiada frecuencia y Ana no llegaba a reponerse de una, que ya se producía otra. Y así su extraño proceso de envejecimiento, prematuro y veloz, proseguía implacablemente, su curso.


El segundo en irse a Marte fue el propio Herberto. Falleció apenas unos meses después que Rubencito, y la suya fue una muerte maravillosa, dado que palmó fifando.

Murió rápido y feliz. En pleno orgasmo, puso los ojos en blanco y se derrumbó de nuca sobre el lecho. No alcanzó a decir nada, pero partió con una elocuente sonrisa en los labios. Como si esos ojos en blanco hubieran visto bajar el plato volador que capitaneado por Rubencito lo llevaría a Marte.

Su expresión irradiaba tanta paz y felicidad que Ana percibió, en ese gesto, la magnitud descomunal de su obra. Allí estaba resumida perfectamente su obra; una sonrisa como la de Herberto en una cara como la de Herberto.

Varios de los mogólicos tomaron luego el atajo de la muerte y Ana pensaba, con temor, que todos tenían la misma probabilidad; Oscarcito incluído. Ese era su mayor recelo. Dado que no creía lograr reponerse de su muerte. Pero Oscarcito, gracias a Dios, le duraba.

El que no duró demasiado fue Alfredito. Un sábado al mediodía se encerró en un de los fastuosos baños de su fastuosa casa y ya no volvió a salir vivo de allí. Los padres se apresuraron a romper la puerta (había cerrado por dentro) cuando notaron que llevaba once horas encerrado. Cuando lograron entrar lo encontraron yerto, sentado patéticamente en el inodoro, con una mano aferrada, todavía, a su mogólica poronga. Según el médico de la familia, Alfredito, había expirado por agotamiento.

El poderoso padre, agradecido por la alegría que había observado en esos últimos años de su hijo, le donó a Ana la propiedad, para que pudiera continuar con su obra. Y solo pidió que su hijo pudiera ser enterrado en el jardín de ese casa donde había sido tan feliz.

El día del entierro y con cuidada discreción, llevaron a un cura y a un peón de pico y pala. Este último cavó una fosa en el fondo del terreno, detrás del alambrado y luego el cura bendijo el agujero. Cuando lo pusieron al bobo en la tumba, todos derramaron alguna lagrimita emocionada. Finalmente lo taparon y sobre el montículo de tierra colocaron una cruz y una chapita que decía simplemente “Alfredito”. Ana pidió permiso y concedido este, le agrego “y Ema” y la sepultura lució como la tumba de un gran amor.

Por último, la madre de Alfredito, de impecable vestido negro y lentes al tono, ordenó colocar, junto a la cruz, un prometedor rosal color té. La idea concebía dos lecturas. La primera y más práctica, que la tumba siempre tuviera flores y la segunda y más espiritual, que Alfredito reciclara en la vida a través de ellas. Alfredito volvería así como una exótica rosa color té.

Tiempo después, Ana comprobó con sorpresa que algo de eso hubo. Porque curiosa y rápidamente, el rosal se inundó de pimpollos. Y de los pimpollos color té nacieron finalmente, unas flores de un aspecto laxo y deslucido; como si fueran bobas.


Es real que aquellas primeras muertes (sobre todo las de sus monstruos originales) fueron las que más la golpearon. Pero las otras tampoco le resultaron fáciles de sobrellevar. Cada muerte tenía su particular carga de dolor y cada recuerdo traía un llanto distinto pero todos desgastaban igual. El espejo, así lo mostraba. Muy pronto, (en solo un año y medio) Ana tuvo el pelo totalmente blanco y un andar cansino. Y aquel prodigioso envejecimiento suyo, no afectaba solo a su cuerpo, sino también a su alma: Su mirada comenzó a irradiar una permanente y angustiante sensación de tristeza.

Tuesday, July 12, 2005

Capitulo LXI




Pero la obra le mostró a Ana, demasiado pronto, un costado insoportablemente doloroso: el costado de la muerte.

El primero de todos en partir, fue Rubencito: Un día no lo llevaron ni tampoco al siguiente. Al tercer día Ana, con el corazón en la boca llamó, a su casa y se enteró de que había muerto. Simplemente lo habían encontrado por la mañana, tieso en su canastita. Había palmado, tal vez, sin enterarse de que moría.

A Ana la tomo tan desprevenida que creyó que moriría de la pena. Y aquella misma tarde, cuando reunió a sus monstruos y les avisó, se desató una pequeña pero conmovedora tragedia: porque todos comprendieron, brutalmente, que amaban a ese pobre ser, monstruoso e indefenso, con el que habían compartido tantas cosas.

Y curiosamente el más afectado resultó ser el macrocéfalo. Andaba sin consuelo, de un lado para el otro y verlo llorar así, tomándose la enorme cabeza con sus manos diminutas, partía el alma.

A media lengua y con sus ojos pequeños y enrojecidos le reprochó a Ana:

- ¿Podqué no se apudadon dos madcianos? ¿Eh, podqué?

- ¿Y en qué hubiera cambiado? -le preguntó Ana, dolorida.

- Que si los madcianos me venían a buscad, yo me do iba a llevad conmigo... ¡me do iba a llevad conmigo! -Gritó angustiado.

Y su tristeza era tan conmovedora, que Ana entonces le dijo la verdad.

- Herberto...

- ¿Que?

- Es mentira que Rubencito murió...

- ¿Cómo que es mentida? ¿Cómo que es mentida? ¿No se mudió, entondces? -preguntó sorprendido bajando las manos.

Ana negó con un gesto y dijo, muy bajito:

- No. No se murió... -y mirando a todos lados le recomendó- no digas nada, pero me contó la mama que cuando estaban durmiendo, escucharon un zumbido muy fuerte, muy fuerte. Se asomaron, entonces a la ventana y... ¿a que no sabés que vieron en la terraza del vecino?

Herberto, fascinado con la historia, movió la cabeza negativamente. Ana abrió muy grandes los ojos para exclamar:

- ¡Un enorme plato volador!... Todo lleno de lucecitas de colores que giraban y giraban...

- Ohhhh -exclamó asombrado Herberto, secándose las lagrimas.

- Si. Y entonces se abrió la puerta de la nave y se bajaron dos marcianos; cabezones como vos y vestidos con un traje rojo brillante...

- ¿Si? ¿Si? -preguntó con los ojos dilatados y la boca en o.

- Si y luego gritaron con una voz bien fuerte: “¡Somos madcianos y venimos a buscad a Dubencito y a Hedbedto!”

- ¿A mi también? ¿En sedio, que pdeguntadon pod mi? -preguntó eufórico, Herberto.

- Pero si. Te digo que si. Me lo dijo la mamá -justificó.

- ¿Y entonces? -ansioso.

- Y bueno, entonces entraron a la casa y se lo llevaron a Rubencito. Con canastita y todo. Lo subieron al plato volador y despegaron y el plato se perdioooooo, giraaaaando en el cielo... -hizo un silencio y con un nudo en la garganta Ana agregó- Me contó la mamá que estaba dormido cuando se fue.

- !Con dazon no me vino a buscad a mi! -dedujo felíz Herberto. Ana se apuró a darle la razón.

- ¡Pero claro!... Pero cuando se despierte seguro que les dice y te vienen todos a buscar...

- ¿En sedio, Ana? -dijo Herberto sonriendo y agarrándose la cabezota con sus diminutas manos.

- En sedio...-lo imitó ella, sonriendo tristemente-... ¿yo te mentiría?

- No clado...-y, como si fuera obvio, exclamó feliz- ¡se fue! ¡se fue a Madte!... ¡que atodante ese Dubencito! ¡ya lo voy a agadad aya entondces!

- Pero claro... ¡claro que si!... -le aseguró Ana e inesperadamente se levantó gritando- ¡tengo que ir al baño!

Corrió al baño, cerró bien la puerta y se largó a llorar.

Si bien era indudable que esa terapia de amor correspondido había estirado más de la cuenta los días de muchos, todos estaban condenados. Sus precarios organismos, como globitos de carnaval puestos al sol, estallaban en el momento menos pensado.

Y aquella muerte, la de Rubencito, fue la inaugural de una desgarradora sucesión de muertes entre los monstruos. Y fue también la que marco el inicio de un fenómeno insólito y preocupante; el envejecimiento prematuro y vertiginoso de Ana.

Aquella misma tarde (cuando oculto su llanto de Herberto), Ana vio en el espejo gastado de su baño como, ante sus ojos enrojecidos y asombrados, una mechón de sus cabellos se volvía instantáneamente blanco.

Friday, July 08, 2005

Capitulo LX

LX



Una de las milagrosas características de la obra de Ana fue el hecho de que, si bien al principio su actitud fue la resultante de una férrea autoimposición, luego, no solo no debió imponerse nada, sino que hasta “disfrutó” con simultaneidad de esos amores que todas las mujeres del mundo dejaban y dejarían seguir de largo. Y logró hacerlo porque realmente, comenzó a sentir amor por todos. Su entrega, entonces, fue total.

Ese era su don divino; su capacidad de amar ilimitada. Solo un amor desmesurado podía consentir en entregarse así a seres tan horrendos. Y ella lo hacía, no ya con asco contenido, sino con verdadera alegría. Y lo hacía simplemente porque, a la luz del amor, lograba ver a ese otro ser que sufría, que tenía sus virtudes y que estaba latente, escondido, detrás del ser más desgraciado y repugnante. Logró hacer así realidad aquel último sueño; cuando, donde antes hubo una pandilla de repugnantes monstruos, el amor,

puso una legión de hermosos ángeles. Encontró y disfruto por esto, de sublimadas formas de ternura, de amores enloquecidos e intensos, de maravillosas inteligencias y de sensibilidades exquisitas en seres que, a primera vista, no servían ni para repuestos de un banco de órganos.


Su única frustración era que hubiera querido ser la novia de cada uno de ellos. Pasear al atardecer, de la mano, por alguna plaza; besarse en la última fila de un cine; comer a dos bocas un helado con una sola cucharita y mirar vidrieras en el centro. Pero no podía. La bolilla se corría y muy pronto comenzaron a tocarle la puerta, monstruos de todos los confines. Pobres seres,

con distintos grados de monstruosidad, que se enteraban y llegaban a pedir su oportunidad de amar. Su derecho a sentir en la piel ese escozor que da el amor.

Rengos, mogólicos, macrocéfalos, microcéfalos, paralíticos, hemiplejicos, cuadraplejicos, parapléjicos, deformes, jorobados, sin cuellos, enanos, enjutos, ciegos, sordos, mudos y simples pelotudos, que no enganchaban una mina ni por mandato divino, tuvieron su cuarto de hora con la gloria. Entre las generosas piernas y brazos de Ana.

Primero trato de atender a todos, pero en seguida se dio cuenta que eso no solo era imposible sino que no servía de nada. Entonces los organizó como para trocar cantidad por calidad.

Así es que, a las diez de la mañana, Ana abría la puerta para dejar pasar a los quince primeros y el resto pasaba para el día siguiente. Ella imaginó que de esa manera no harían esperas inútiles. Pero la mayoría de ellos que no entendía absolutamente nada, tampoco entendía que significaba el número quince y esperaban igual, atornillados a la puerta, hasta que algún alma caritativa se los llevaba. Era triste, pero no había otra manera de darles lo que, realmente, necesitaban.

Por su parte, el amor de los monstruos no conocía limites. Muy pronto no le alcanzaron los sitios para poner las flores, ni las cartas de amor, ni los regalos humildes u opulentos que según las posibilidades, cada uno le llevó. Pero fundamentalmente, no le alcanzó el alma para tantos y tan conmovedores gestos de ternura de esos seres, que como en La Bella y la Bestia, se sentían transformar en hermosos príncipes, con un solo beso enamorado.

También y es oportuno decirlo, algunos de los monstruos (muy pocos), concientes de su entrega, comenzaron a tratarla mal. A despreciarla y hasta a abusarse de ella. Y Ana se los permitía. Pero no (como lo hizo con el Dos) por una necesidad, casi adictiva, a ninguno de sus amantes. Sino porque sabía que, esa forma cruel de tratarla que tenían, era consecuencia del resentimiento que años de rechazo les inyectó en las venas. Y así los aguantaba por puro y descomunal amor.

Una de las cosas que más entusiasmaba a Ana, eran los cambios operados en sus monstruos. Herberto por ejemplo, antes agresivo y parco, ahora se había transformado totalmente. Estaba locuaz y divertido. Daba risa verlo en la puerta de la piecita de masajes, invitando a voz de cuello:

- ¡A culead, hedmanos! ¡a culead! ¡todos unidos, vadmos, vadmos!

Había resultado un desenfrenado fiestero el monstruo. Por supuesto, Ana nunca accedió a proposiciones de ese tipo y cuando lo escuchaba gritar, salía y le pegaba una cariñosa cachetadita en el balero y lo mandaba a ver si venían los marcianos.

Rubencito también estaba transfigurado, alegre, casi rozando la euforia. Incentivado por Ana, pasaba las horas elucubrando poemas y hasta llegó a dedicarle uno al propio Herberto, su otrora encarnizado enemigo. El poema, referido al impresionante costado erótico del macrócefalo, decía así:

Herberto; ¿será casualidad, me pregunto en esta oportunidad, que la palabra cabezón, rime bien con calentón?

Y cuando se lo decía, Herberto reía torpemente y lo acunaba en la canastita.

Oscarcito estaba echo un sol. Su cara, antes boba y triste, lucía ahora igual de boba, pero radiante.


Y así pasaban aquellos días de Ana: en un tiempo laxo de paz. Rodeada de esos seres que la idolatraban y solo preocupada por prodigarse entre ellos de la manera mas equitativa posible.

Todo era felicidad. Y ella se sentía más plena de lo que nunca imaginó. Y se sentía justificada de la manera más trascendental, dado que ella les regalaba a esos pobres seres, nada menos que lo único que no se puede comprar en este mundo; verdadero amor.

Ella les obsequiaba con una pequeña y hermosa historia de amor.

Wednesday, July 06, 2005

Capirulo LIX



A partir de ese sábado con Oscarcito, comenzó la verdadera obra de Ana Santana. Su obra de amor total.

El lunes de la semana siguiente les tocó el turno a los demás monstruos; Herberto, Ruben, el renguito, los otros mogólicos.

Para facilitar las cosas los esperó desnuda en la habitación de los masajes. Quería que en lo posible tomaran ellos la iniciativa porque de esa manera no habría peligro de inhibiciones.

La mayoría de “los cerebrados” tuvo la sensación de haber entrado en un momento equivocado y por vergüenza y respeto intentaron irse. Así es que Ana debió aclararles que no se estaba cambiando, que solo quería estar así.

Luego y en medio de una atmósfera tensa los acostaba en la mesa y comenzaba a masajearlos. Las miradas alucinadas de los adefesios pendulaban con el vaivén de las tetas de Ana. Dos o tres masajes después tenían una carpa monumental. Llegado ese momento, si el monstruo no tomaba la iniciativa, Ana iba derecho al grano. Comenzando a masajearles la bragueta o poniéndoles, directamente, una teta en la boca. Así, de cayetano, sin mediar palabra. Y el resto venia solo.

Ana no dejó de maravillarse de la mirada que notó en ellos. Era la mirada de un chico frente a su regalo de reyes. La felicidad estaba ahí, brotándoles de la piel, de los ojos, iluminándolo todo. Era la mirada inversa de aquella lejana mirada de Esteban.

Ya desde la primera vez, Ana recibió conmovedoras declaraciones de amor. Reprimidas (antes) por la falta de ilusiones. Y notó como todos ellos no solo necesitaban coger, sino también sentirse queridos. Todos los que sabían hablar le preguntaron después del polvo; “¿me querés?”. Y a todos Ana les dijo que si. Y los que no sabían hablar preguntaban con la mirada. Y con la mirada Ana les confirmaba su amor.

A partir de esa observación es que decidió detenerse en cada uno de ellos. Más de lo que originariamente había previsto. Entendió que aparte de sexo, necesitaban ser mimados. Sentirse aceptados en su real condición. Tenían encima muchos años de rechazo y eso les impedía disfrutar de lo que Ana les ofrecía. Así es que se dedicó a encontrar y amplificar las imperceptibles virtudes que cada uno tenía y a declararse loca por ellas. Para alimentarles por esa vía su maltratado ego.

A Herberto, por ejemplo, le elogiaba la desproporcionada cabeza aduciendo que debía tener mucho cerebro en una cabeza tan bien desarrollada. Le mostraba dibujos de marcianos cabezones, increíblemente inteligentes y le decía que eran parecidos a el. Lo convencía de que él, en Marte, seria un verdadero Rodolfo Valentino. Por supuesto que el balero de Herberto estaba relleno con diáfano y elemental aire y no con apretados racimos de neuronas, pero justamente por este detalle, el truco surtía su efecto, y el monstruo salía reconfortado, ganador, superior, renovado, orgulloso de esa monstruosa cabeza que haría suspirar enloquecidas a miles de marcianas.

- ¿Pedo como hago pada llegad a Madte? -preguntaba iluso.

- Despreocupate. Te van a venir a buscar -le contestaba Ana con seguridad.

- ¿Y como?

- Ellos saben todo. Te van a venir a buscar con un plato volador y te van a llevar allá.

Herberto rió.

- ¿En sedio?

- En sedio -aseguró Ana.

A Ruben en cambio le elogiaba la mirada. Le decía que tenía una mirada, tierna, como de poeta. Durante los ratos que pasaban juntos lo conminaba a crear poesías. Porque "un ser con una mirada tan linda como la tuya, necesariamente debe pensar cosas hermosas". Y el monstruoso bebé se lo creía y cada dos por tres se despachaba con alguna combinación de versos tanto o más morbosos que el propio poeta. Del tipo de:

A ti el amor se parece

y a mi el amor me llama

siento algo que en mi pecho crece

y que me quema dentro como una enorme llama

A ti el amor se parece

Por eso para mi, amor se dice Ana.

El horrendo vate le iba largando sus poesías frase a frase y Ana, diligente, le tomaba el dictado del primer borrador. Le anotaba luego las correcciones, se lo leía y cuando el añejo bebe lo daba por terminado Ana suspiraba extasiada. Le demostraba fascinación por su obra y, con solo eso, lo ponía absolutamente feliz.

Los mogólicos, por su parte, no necesitaban mayor trámite. Estaban más allá de frases y poesías. Solo querían ponerla y no sacarla jamas. Alfredito por ejemplo había aprendido a pedir de garchar haciendo un anillo con el pulgar y el índice de la mano derecha e introduciendo en este, con un movimiento de émbolo, el índice de la mano izquierda. Así es que a toda hora y en todo lugar estaba frotándose los dedos ansiosamente. Era realmente insaciable: Ana se agarraba la cabeza cuando luego del cuarto polvo, Alfredito, todavía se frotaba nerviosamente los dedos.

El único sensible, de ellos, era Oscarcito. El no se conformaba con garchar. Necesitaba dar y recibir amor. A veces, por ejemplo, la abrazaba tembloroso o la miraba con una mirada soñadora y le tomaba la mano, para besársela con devoción. Podía pasarse horas así y Ana, amablemente debía cortarlo, para poder atender a los demás. A veces eso lo lastimaba Justamente para no herirlo entonces, Ana decidió dedicarle los sábados solamente a él. La agenda amorosa de Oscarcito quedó conformada entonces de la siguiente manera; durante la semana, desahogo sexual todos los días y los sábados; noviazgo full-time.

Oscarcito, no dejaba jamás de conmoverla con su amor ni de asombrarla con su evolución semántica. Lenta pero firmemente, desde que balbuceó las primeras palabras, su glosario se amplio. Aprendió, por ejemplo, a decir; "nooviaaa". A manejar un sinónimo ("uliaaa" por "ojeee") y a manejar el verbo "edo". Verbo que combinaba con las palabras "teeetaaaa", "ojjeeee", "uliaaaa" o "noooviaaa", alternativa, azarosa e interminablemente.

Estas escasas palabras representaban todo su espacio lingüístico y el hecho de que hubiera desarrollado esas y no otras, conducía a pensar que el amor (en todas sus formas) constituía una necesidad elemental en todo ser humano, por primitivo que fuera. Así lo interpretó, por ejemplo, un

reconocido psiquiatra que quedo anonadado frente al miserable diccionario que Oscarcito había logrado desarrollar.

Otro de los asombrados y eufóricos con su evolución fue, obviamente, su propio padre. El pobre pelado se ilusionaba soñando que tal vez, a ese ritmo, su hijo recuperara la lucidez y llegara (con apenas un poco de inteligencia más) a recibirse de contador público como él siempre había soñado.

En lo ateniente a los paralíticos, no había mayor problema. Los trataba como si su defecto no tuviera la más mínima gravitación. Sin ocultarlo pero sin darle mayor importancia.

Justamente cuando le tocó el turno al paralítico que le había recomendado a la bruja, éste, después del polvo, le confesó lo que antes había callado. Le dijo:

- Ana, ¿te acordás cuando te dije lo de la bruja?

- Si.

- Te acordás que te dije que la había pegado en casi todo. Y que vos me preguntaste en que no la había pegado... Y yo te dije que en nada importante...

- Si, mi amor...

- Bueno, era esto. Esta misma escena es la que yo había visto allá y no me animé a comentarte...

Ana sonrío y asintió, para reflexionar.

- Como adelanta todo. Antes se decía que el destino estaba escrito. Ahora resulta que además está filmado.

Sunday, July 03, 2005

Capitulo LVIII



Se levantó muy temprano al día siguiente. Apenas clareaba. La mañana estaba tibia y sería un lindo día. Fue hasta la cocina y puso la pava al fuego. Cuando estuvo todo listo se fue a tomar mate, sentada en la galería.

Los primeros rayos de sol evaporaban el rocío de la noche en las plantas y perfumaban el patio. Ana estaba pensativa. Tomando mate y fumando retrocedió en el tiempo y comenzó a recordar como en flashes desordenados los últimos tiempos: Manuel con la lapicera descargada en el civil, ella limpiándose los dedos en el agua bendita, la cruz que se caía, cuando tiró de las cintas y le tocó el anillo (aquí pensó con una sonrisa resignada “y todavía estoy soltera”), la cara del Dos cuando le recitaba sus poesías morbosas, la máquina de parir, los cuatro mogólicos pajeándose a coro, el polvo con su primo Esteban, la pelea con su vieja, con el Dos, con María, la cara del ropero dejándole las cenizas de Ema, la cupe roja que se iba, la boca tiznada de Alfredito y la imagen del Dos derrumbado en el asfalto. Se puso melancólica por todo lo que había pasado y se sintió cansada y triste. Calculó que solo había transcurrido poco más de un año desde que conoció al Dos. Pero sintió que le parecía un siglo. Y con la vista fija en la pava, una lágrima, porque si, se descolgó de su ojo derecho.


A media mañana golpearon la puerta; era Oscarcito.

- ¡Oscarcito! -exclamó Ana con franca alegría, ante su mogólico preferido.

- Auauauauauua - aulló el retardado, entrando.

Ana recalentó el agua y volvió a sentarse en la galería con el mogólico al lado. Cuando se llevó el mate a los labios el mogólico la miró con un gesto de impaciencia. Ana hizo ademán de estirarle el mate y Oscarcito sonrío. Entonces se lo dió. El mogólico lo tomó y sopló con todas sus fuerzas. La yerba salió disparada a todo el alrededor. Ana con la cara verde, puteo, se rió y le sacó el mate. Volvió a acomodar la yerba y se estaba cebando otro cuando levantó la vista y se encontró con la mirada de Oscarcito depositada entre sus tetas, debajo del desavillé. Oscarcito miraba con una expresión de babia intensa, moviendo la cabeza y abriendo levemente la boca. Por donde resbalaba sin problemas una columna de baba.

- Auauauauauauua... -exclamó Oscarcito y Ana no pudo contener la risa con la cara de desesperación del pavote.

La decisión estaba tomada.

- ¿Te gustan las tetas? -sonrió desprendiéndose el escote y dejando ver más aún la canaleta de las gomas.

Oscarcito se puso como loco. Los colores se le subieron a la cara y un bufido de rinoceronte alzado le entrecortó el aliento.

- Bueno... bueno... ¡Oscarcito! -trató de moderarlo Ana, pero el bobo estaba fuera de si. Como hipnotizado se acercó hacia ella con las manos extendidas y las colocó sobre los limones mugiendo. Ana lo dejó hacer. Luego el bobo la miró con una expresión reconcentrada de trance y comenzó a vociferar:

- Eeeeeeeeaaaaaaaaaaaaaa... -su rostro denotaba un esfuerzo brutal por comunicarse-...eeeeeeeeeeeaaaaaaaaaaaa... eaeaeaea... deaaaa... eeteaaaa... eeeeettaaaa... eeetaaaa...

Ana no podía creer lo que veía. Azorada contemplaba ese milagro del cual era, no solo testigo sino también autora: el bobo había hablado por primera vez.

- ¡¿Qué dijiste?! ¡Repetí! -lo urgió Ana.

Oscarcito abriendo y cerrando las manos sobre los limones dijo:

- ¡eeetaaa!... ¡eeetttaaa!

- Teta, si, teta... muy bien -festejó Ana- A ver... repetí...

- eeetaaa... eeettaaaa... -decía ya el bobo sin tanto esfuerzo.

Ana se puso tan contenta que se bajó la blusa y dejó asomar un pecho redondo y desnudo. El bobo se sacudió de la alegría y lo apretó entre las manos. Insisitio:

- eetaaaaha.. tehetaha... -y con un movimiento súbito se la metió en la boca. Ana lo dejó. Oscarcito bufaba y se contorsionaba y entre las piernas un formidable bulto le levantaba el pantalón. El bobo mamaba y mamaba, ruidosamente. Ana cerró los ojos y en escasos segundos el bobo se bajo nerviosamente el pantalón.

- Teettaaaa... teeethhaaa... -pronunció el bobo con angustia. Quería decir otra cosa pero no sabía como. Su cara acompañaba esa única palabra y le daba la forma que realmente tenía; “coger”. El bobo quería coger.

Ana, entonces, se levantó el desaville.



La puerta de la habitación estalló. Monstruos de las formas más atroces. Delirios alucinados de la naturaleza la miraban desde el pié de la cama. No eran sus monstruos, pero su monstruosidad los hacia familiares. De entre aquellas pobres criaturas emergió el ser más horrendo y repugnante que pudiera ser imaginado. Sus gestos eran inesperados y violentos y hablaba con una incontenible furia.

- ¿Nos querés? ¿Nos querés? ¿Nos querés? -le preguntó con su voz rabiosa.

- Si. -Contestó Ana.

- Entonces dejáte. Necesitamos amor en todas sus formas. Tenés que querernos de todas maneras. No solo con el alma. ¡Entregáte!

Ana asintió resignada y todos los monstruos rápidamente formaron una cola en orden de mejor a peor. El ser que le había hablado se colocó último. Uno a uno desfilaron entre las piernas de Ana y uno a uno le preguntaron; ¿me querés? y Ana no mintió cuando respondió que si, a cada uno. Pero una náusea intensa la recorría. Finalmente fue el turno del último. Cuando se le subió encima, Ana pensó que no lo podría soportar. “Dame un beso” le dijo casi como una orden. Su rostro era lo más horrendo que nadie pudiera imaginarse y su boca exhalaba un aliento insoportable. Ana, entonces, cerró los ojos y lo besó. Y mientras lo besaba sintió que el monstruo se le salía de encima hasta que finalmente sus labios se despegaron.

Luego de unos instantes de asco contenido, Ana abrió los ojos y maravillada, vió frente a si el ser más hermoso que pudiera imaginarse. Su belleza despedía un tenue luminosidad. El ser abrió los brazos señalando a los otros seres y Ana los recorrió con la vista y en lugar de los monstruos, encontró una multitud de hermosos ángeles. El ser, entonces, sonrío dulcemente y le dijo:

- Mirá lo que tu amor hizo de nosotros.¡Mirános, Ana! ¡Tu amor nos hizo hermosos!

Luego puso una mano sobre su pecho y tiró con fuerza. Cuando la quitó, Ana vió un agujero perfectamente cuadrado que lo atravesaba de lado a lado. Como el de la virgen de Port Lligat.

Viendo la incertidumbre en el rostro de Ana, el ser le dijo:

- Este es tu lugar. Te lo has ganado y te estará aguardando... ¡Hasta cuando sea el momento!... ... -se despidió-...¡Adiós Santa Ana Santana!

Wednesday, June 29, 2005

Capitulo LVII



Debido al presentimiento, Ana decidió averiguar algo sobre el Dos. De repente todo lo que ella se había impedido sentir, para poder sobrevivir a la ruptura, estaba allí apremiándola. Quiso pensar también que ese presagio, que ella intuyo trágico, tal vez significara otra cosa. Por ejemplo que él la estaba buscando arrepentido, o algo así.

Así las cosas considero buscar a María, para averiguar algo, pero su orgullo herido le impidió, molestarse inútilmente. Si, hubiera tenido alguna certeza de que el Dos la estuviera buscando, seguramente hubiera obrado de otra manera. Pero, en tren de descartar alternativas que la pusieran en evidencia, Ana eligió una que imaginó como anillo al dedo; ver a una adivina.

Tomada la decisión de visitar a María, le pediría a la vidente que inspeccionara el futuro y le dijera cual sería el resultado de la entrevista con María y si este era bueno y ella quedaba bien parada, entonces iría realmente a ver a su ex-amiga.

La idea se le ocurrió gracias al renguito, que le había hablado de una adivina que atendía en el centro y que le había acertado con todo, hasta con Ana. Estas fueron sus palabras textuales:

- La pego con casi todo. Si hasta la vi a usted ahí. Antes de conocerla por supuesto -aseveró el discapacitado.

- ¿Y en que no la pegó? -inquirió Ana, triangulada entre el asombro, el entusiasmo y la desconfianza.

El muchacho enrojeció y dijo:

- No, nada. Nada importante... en serio...

Según el paralítico la tal adivina atendía con la última tecnología; computadoras, videocasetteras, televisores color, monitores. Y era cierto: Ocurría en realidad que la tal bruja, era una especialista en computadoras que, por falta de inserción laboral por un lado y por ciertas condiciones naturales por el otro, había decidido dedicarse a la brujería.

Decidida, Ana pidió un turno y lo obtuvo: le tocó para las cuatro de la tarde del viernes siguiente. Avisó a sus monstruos que ese día no fueran y a las cuatro menos cinco, del día señalado, estaba entrando a un moderno edificio de oficinas en el centro.

Sumamente nerviosa apretó el botón del séptimo piso. Presentimientos extraños la agitaban. Temía lo que iba a saber y trataba de engañarse pensando que todo vendría bien. Pero la intuición le decía otra cosa.

Como era costumbre en ella la tensión le revolvió las tripas. En la soledad del ascensor, frente al espejo, se rajó un pedo fétido y quejumbroso.

Frente a su imagen atemorizada y nerviosa, Ana alcanzó a aspirar con delectación, (hasta llegar al séptimo) casi hasta el veinte por ciento del horrible gas. Por ese saldo remanente (del ochenta por ciento restante) la cara del pobre hombre que esperaba en el palier del séptimo piso, viró de la serenidad al terror. Apenas abiertas las puertas, el morbido gas salió del interior con el silencio de los peores asesinos. Y rápidamente inundó todos los resquicios del palier del Séptimo piso, para seguir subiendo escaleras arriba (como buen aire caliente).

- Ahhhggg... -gritó el pobre hombre huyendo escaleras abajo.

Ana, avergonzada, se introdujo rápidamente por un pasillo medianamente largo y acodado que le permitió despegarse de su obra. Golpeó una puerta de madera lustrada y enseguida fué atendida por una correcta empleada que le pidió amablemente que aguardara en un recibidor tipo dentista, con revistas viejas y todo. En la pared había dos carteles, uno referido a que no se atendía por mutuales y otro que decía:


Honorarios


- 24 hs. 500

- 1 semana. 2000

- 1 mes o más 5000

- pasado gratis


Ana lo leyó dos veces pero no lo entendió. En escasos minutos, se abrió la puerta y una sonriente y atractiva treintañera la invitó a pasar.

- Por aquí por favor, siéntese -le indicó colocándola frente a una serie de aparatos extraños; una computadora, videocasetteras y televisores de todo tipo.

La adivina se sentó frente al teclado de la computadora y se volvió sonriente hacia ella.

- Bien, usted dirá...

- Bueno, no entendí bien el cartel, ¿cómo es... ? El servicio, digo.

- Sencillo; si quiere saber que va a pasar en las próximas 24 horas son 500 australes, si le interesa la semana siguiente son 2000 y así... el pasado es cortesía de la casa.

Ana asintió con un gesto. Con una sonrisa de ocasión dijo:

- Bueno... ¿qué sé yo?, ¿vamos a ver las próximas 24 horas?

- Bien... ¿nombre, fecha y hora probable de nacimiento?

Ana contestó y la adivina cargó los datos en la computadora. Instantáneamente, la máquina comenzó a prender y apagar una lucecita colorada.

- Está calculando -explicó- así reconstruye la carta astral y con eso extrapola el pasado y el futuro.

Ana asintió pero no entendió demasiado. Finalmente, se apagó la lucecita y se dibujó una pantalla que decía FUTURE con letras parpadeantes. La pitonisa apretó todavía una tecla más y cuando lo hizo se borró la pantalla y apareció la imagen de Ana, tomando un bondi a la salida del propio edificio de la bruja.

- Esta es usted mañana... -explicó la pitonisa. Ana no podía creer lo que veía. Viéndole la expresión asombrada agrego:

- Con esos datos mínimos la máquina arma dinámicamente su imagen futura.

Minutos después, ya descendía del colectivo y caminaba por la calles del barrio de María, llegaba a la casa y tocaba timbre, pero no salía nadie. Volvía a insistir pero sin mayor suerte. La imagen mostraba el rostro contrariado de Ana, que refunfuñando volvía a la parada para tomar un bondi de regreso hacia su casa.

- Increíble... me salvé de ir inútilmente -exclamó maravillada.

La pitonisa asintió complacida.

- Así es... en este lugar la gente cambia su destino... si yo le muestro ahora esas mismas horas futuras, usted va a estar haciendo otra cosa...

- Claro -coincidió Ana y volvió la vista a la pantalla donde ella estaba entrando a su casa.

- Apure nomás. Adelante así vemos si mañana a la mañana tendré más suerte.

La pitonisa obediente pulsó una tecla y digitó luego 18 al lado de un cartelito parpadeante que decía TIME ADVANCE. La computadora calculó unos instantes más y luego volvió a dibujarse la parpadeante pantalla de FUTURE. Teclazo por medio, se borró para dejar ver nuevamente a Ana, arriba de un colectivo.

- No, atrase de nuevo que ahí estoy volviendo a mi casa -exclamó Ana reconociendo el viaje.

- Bien, atrasamos una hora... -dijo la bruja dándole a las teclas.

Luego de unos instantes apareció Ana, nuevamente, pero en el viaje de ida. Avisaba al chofer, bajaba, caminaba por las calles suburbiales y por segunda vez, llegaba a la puerta de la casa de María. Volvían a repetirse las escenas del timbreo y de la cara de contrariedad.

- Esta debe haber viajado a algún lado -dijo Ana adelantando el rostro de contrariedad que hubiera lucido al día siguiente.

- Bien... ¿qué más desea saber? -exclamó la pitonisa, encogiéndose de hombros y mirándola inquisidoramente.

- Y no se... -contestó pensativa. Luego chasqueó la lengua y exclamó- ¡Pero que estúpida! ¡Muéstreme directamente las próximas veinticuatro horas del que fue mi novio!...

- Bien, deme nombre, fecha y hora de su novio.

Como Ana no sabía la hora de nacimiento la pitonisa le pidió algunos datos adicionales como color de cutis, cabello y ojos.

- Pero va a tardar más... -advirtió la especialista.

Ana le pasó los datos del Dos y la pitonisa los introdujo en la máquina. Mientras la adivina trabajaba, Ana, nerviosa le contó suscintamente su historia con el Dos.

- No lo volví a ver más... -terminó- pero ayer tuve un presentimiento extraño...

- Le entiendo perfectamente. Ahora quiere saber de él...

Ana asintió agregando:

- ¿Necesita algún otro dato? ¿la fecha en que nos conocimos?

- Así esta bien... -contestó la bruja, negando con un gesto y mirando con súbita atención la computadora.

En la pantalla acababa de salir una leyenda que decía "NO FUTURE" y que se repetía con un timbre histérico. La new-bruja tuvo un pequeño estremecimiento. Sus manos se crisparon sobre el teclado. Volvió a cargar el nombre, pero la computadora repitió el mensaje. Sin poder detener el chillido histérico de la máquina se dio vuelta con gesto apesadumbrado.

- Tengo malas noticias...

- ¿Qué? -Dijo Ana con el alma en un hilo.

- Su novio...

- ¿Que?

- No tiene futuro.

- Y eso...¿que significa? ¿que es un vago? -se desesperó Ana.

La adivina negó con un gesto sombrío.

- ¿Qué, entonces? -preguntó Ana angustiada.

- Que está muerto.

Ana sintió que toda la sangre se le iba del cuerpo. Que quedaba vacía y fría. Tartamudeó.

- ¿Qué dice?... no puede ser...

- Lo lamento. No hay equivocación posible. Es así...

Presa de la desesperación, Ana repitió:

- Está muerto... el Dos está muerto... Tenía razón entonces...

- Tranquilícese...

- Tenía razón... pobrecito... era cierto que no tenía tiempo -musitó Ana con la mirada perdida.

La bruja sacó unos tranquilizantes y se los extendió.

- Tome esto, le va a hacer bien... y están incluidos en el precio.

Ana los tragó mecánicamente mirando la pantalla con un gesto afiebrado.

- Véalo un poco del lado bueno. -sugirió la bruja.

- ¿Cuál? -musitó Ana, súbitamente esperanzada.

La adivina sonrío y negó con un gesto.

- Que su consulta será grátis. El pasado es cortesía de la casa.

Ana se largó a llorar convulsivamente. La bruja oprimió otra de las teclas y se sintió un zumbido tenue. Instantes después, de un orificio de la computadora emergió un videocasette. La bruja lo tomó y lo introdujo en una videocassettera. Apretó el PLAY, sintonizó con unas perillas y le señaló la pantalla del televisor:

- Vea, ahí estan. Los hechos salientes, solamente, porque en tiempo real no terminamos más...

A través de sus ojos llorosos y atenuada por el efecto del calmante Ana vió en la pantalla todo el calvario del difunto Dos. Su primera muerte trunca, su miseria, su humillación, sus conversaciones con el Duque bajo el puente. Estaba todo. Las partes poco importantes la bruja las adelantaba. Las imágenes eran perfectamente nítidas, pero sin sonido.

En un momento dado, se lo vió al Dos escribiendo sobre los cartones bajo el puente.

- ¡Ahí!, ¿puede acercar la imagen?

La bruja tocó los controles y la cámara lo tomó al Dos desde atrás. Su pulso tembloroso escribía una de las poesías que le había sugerido su primer accidente.


Contínuo


Si el color rojo gira

y todo es infinito

y estás en todas partes

y no tenés voz

y una mano te agita

y nada te importa

es ya el preciso instante

en que no importás vos.


Cuando todo parezca de vos irse yendo

cuando veas que el mundo te deja y se va

vos piola, tranquilo, rajáte sonriendo

la vida, que como a un saco, ahora te quitás

alguien, seguro, ya se la estará poniendo.

La vida es un continuo y mientras vos crepás

en algún sitio, es fija que habrá gente cogiendo.


- ¡Que poesías extrañas que escribía su novio! -exclamó con un dejo de admiración la pitonisa. La cámara avanzaba a otra poesía apenas legible por la letra temblorosa.


Ajedrez


Ahora que como aquel de la película

juego a los trebejos con la muerte

Pienso que si la vida tuviera marcha atrás

caminando para atrás volvería a verte

Como en una película que gira al vezre

viajaría del fin hacia el principio

tapando agujeros, remendando sietes

Y llegaría hasta a aquella tarde amarga

la misma que mi memoria guarda

y donde te recuerdo ahora que me sonríe la muerte


Que distinto seria todo...


A la luz de la mala luz que me ilumina

ahora entiendo que lo fuiste todo

y que no supe darme cuenta de qué mina

eras, cuando me amabas, Ana mía


Si pudiera quitarte del pasado

e instalarte de lleno en el presente

si el amor que me ofreciste no fuera humo

que el viento del rencor disipa y pierde

si pudiera convencerte que algo queda

de lo que en mi quisiste alguna vez

de que con este cuerpo roto puedo amarte

mejor de lo que nunca antes te amé

porque gane en corazón lo que el destino

me robó de formas y esbeltez

Si te encontrara y me abrazaras

si sonrieras y dijeras "ya olvide"

Tal vez la vida no pintara tan difícil

Tal vez la muerte no ganara el ajedrez.

- ¡Esta buena esta! -siempre admirada la pitonisa.

- Pobrecito, que solo estaba... -sollozó Ana.

- También pobre, con lo paralítico que estaba... ¿quién le iba a llevar el apunte? -explicó la adivina.

Ana lucía una expresión de mundo-encima. La pitonisa avanzó el video y el Dos apareció golpeando su propia puerta. Cuando Ana vió eso, gritó y se derrumbó vencida sobre la silla.

- Como es el destino... -exclamó admirada la pitonisa-...Se ven cada cosas... Pero mire usted... fue a su casa sin saber que usted vivía ahí. Y usted justo estaba durmiendo y no le abrió... hubiera sido un encuentro memorable... ¿que sentido tienen estas cosas?

Después de unos instantes Ana respondió.

- Mortificarme, porque el destino seguramente sabía que vendría acá y me enteraría.

- Tal vez, pero déjeme decirle que, a mi juicio, el destino no existe de por si. Es algo que definimos a cada rato y por ende modificable... claro, hay que saber lo que va a pasar... mucha gente después de ver su futuro cambia totalmente... punto de inflexión le decimos... este lugar siempre es un punto de inflexión... -explicó la bruja.

La cámara ya enfocaba las últimas escenas; el Dos caminando por calle San Luis y el taxi que aparecía. En la pantalla aparecían flashes muy bien compaginados que mostraban alternativamente al Dos y al auto: El Dos mirando el culo de la muerte, al auto doblando furioso, el Dos cruzando en babia, el auto a toda velocidad... La cámara saltaba de una escena a la otra en una secuencia histérica. Hasta que en el momento del choque se unían las dos narraciones y aparecía el desenlace en cámara lenta. Como para resaltar la tragedia.

Ana bajó la vista para no ver el impacto. Cuando la levantó la cámara tomaba de arriba el cuerpo sin vida del Dos desparramado en el asfalto y la multitud de curiosos que lo rodeaban y que saludaban a la cámara. Luego apareció un primer plano de los ojos del Dos, donde podía verse grabada en las retinas, la imagen del maravilloso culo de la muerte. Y con esa última imagen apareció la leyenda THE END.

- Como se siente -preguntó absurdamente la tecno-bruja.

Ana tardó en contestar.

- Como puedo estar... pienso en si lo hubiera buscado... en si no hubiera dormido aquella mañana...

La chica negó con un gesto.

- No se castigue con los reproches, porque no sirven. La vida no tiene marcha atrás. - No voy a poder dejar de pensar, -sollozó Ana- quisiera que cuando salga de acá me agarre un auto a mi también.

- Pero no... la felicidad no existe, existen las ganas de ser feliz... hoy se quiere morir y mañana se ríe de lo que pensó hoy... ya encontrará algo para seguir.

Ana dejó de llorar y colocó la mirada fija en un punto cualquiera. Estuvo así unos instantes, luego sonrío tristemente y dijo:

- A lo mejor.

Tomó su carterita, pagó las consultas y salió. La pitonisa la vio tan decaída, que cargó la computadora de nuevo para ver si trataría de suicidarse. Después del parpadeo de la lamparita roja, apareció Ana tomando el bondi para su casa. La adivina adelantó el tiempo y Ana apareció durmiendo. Adelantó más aún y pasó al día siguiente, en le momento justo en que Oscarcito tocaba la puerta. Adelantó un poco más y sin poder creer lo que veía, detuvo la imagen. Salió disparada hacia el palier. El ascensor ya llegaba a a planta baja. Indignada gritó.

- ¿Porque va a hacer eso?

Y su voz bajó por los espirales de las escaleras.

Ana se miró contestar en el espejo. Tenía la voz firme cuando dijo:

- Por amor.

Luego la adivina escuchó el abrir y cerrar de las puertas del ascensor. Regresó, entonces a su oficina y se dejo caer atónita frente a la imagen de la computadora.

Sunday, June 26, 2005

Capitulo LVI




Es insondable el destino. No sirve abundar al respecto en adjetivos que de tan citados no agregan nada nuevo. Pero la tentación existe, porque realmente cuesta no admirarse de lo complejo y voluble de sus veredictos.


Por la mañana, repitiendo todavía en un eructo ácido esos fideos que le dejaron en la boca un sabor metálico y amargo (como de orín), el Dos se desayunó con un cafecito instantáneo facturado por el augusto croto con quién compartía el puente.

La mañana lucía espléndida. Mientras bebía su café (en su lata de tomates recortada) el Dos extrajo de entre sus piltrafas el papelito con la dirección de Ana.

- Duque, ¿que puedo tomar para ir a Damas Mendocinas al mil setecientos?

- El dos -dijo moviendo los dedos índice y mayor-...si queda acá nomás... no más de nueve cuadras... salís a Sorrento, le das para la avenida y doblás a la derecha, no podés quedar muy lejos...

El Dos prendió una colilla y le pasó otra al Duque que la rechazó.

- Es un crimen fumar de mañana, y menos una mañana tan hermosa... además te puede dar una lipotimia. ¡No te torturés los alvéolos! -recomendó.

- ¿Lo que? -preguntó el Dos con gesto de no entender nada.

- Disculpá, se me escapó el médico -explicó con una sonrisa.

El Dos terminó el café.

- Uia, después de todo si vos sos médico para que tengo que ir a buscar masajista a otro lado... ¡que boludo, recién me avivo!

El Duque negó con un gesto.

- Si, pero yo hace años que no ejerzo y además los masajes son otra cosa.. hay que saber donde, como y cuando hacerlos...es otra cosa, si te los dan gratis andá... y sino vemos, probamos -consintió.

El Dos se puso de pie.

- Voy a ver que pasa, si me cobran los mando al carajo y me pongo en tus manos...-miró en derredor y dijo-... bueno me rajo, no vuelvo hasta la noche, voy a aprovechar para ir a manguear un rato al centro...

- Bien, pero acordate que estanoche estamos de fideos de nuevo. Mirá que hay que terminar la harina... -le recordó el Duque.

- Descuidá. Me tiene que volver a agarrar un auto para que me pierda tus fideos.

Y se alejó rengueando por un senderito trazado entre los yuyales. Que llegaba hasta una calle de tierra perpendicular a Sorrento.


Con el papel en la mano, el Dos fue mirando la numeración de las casas del barrio. Finalmente frente a una casa con jardín adelante y un entramado de maderas donde crecía una madreselva vió el numero 1789. Golpeó la puerta, eran las diez y cuarto de la mañana.

En el interior de la casa, y más precisamente en su pieza, Ana dormía a pata suelta. Su jornada “laboral” comenzaba siempre después del mediodía y Ana se había acostumbrado a acostarse tarde en la noche. Así es que las mañanas las usaba para dormir hasta cerca del mediodía.

Dos veces golpeó el Dos la puerta de chapa y el escándalo era monumental. Pero, por un capricho acústico, en la pieza de Ana reinaba el más absoluto silencio.

- Atienden de tarde -le gritó la vecina de enfrente.

- Conchisumadre, voy a tener que volver venir a la tarde -se dijo el Dos. Y salió rengueando hacia la parada para ir a su trabajo de manguero céntrico. Eligió el 207. Le dieron un asiento apenas subió y se quedo profundamente dormido. Se despertó puteando cuando el bondi doblaba por 3 de Febrero; se había pasado seis cuadras.

- Que día de mierda -se dijo bailando el cha-cha-chá por calle Mitre, rumbo a la peatonal.

Fue aquel sin duda un día de mierda. No logró encontrar a Ana, se quedó dormido en el bondi, lo cargaron más que nunca por su renguera y encima estuvo, toda la mañana y parte de la tarde tirado en la peatonal mangueando, para recaudar solamente tres lucas. Que le dió una sola vieja a la salida del banco.

El problema con él era que si bien era un desgraciado en todo sentido, su cara de turro neutralizaba la lástima que su renguera debía provocar. Además, la situación económica hacia de todo ciudadano un ser digno de lástima y nadie estaba para andar haciendo beneficencia. Muerto de hambre invirtió la guita en comprarse dos turcas y siguió mangueando a la espera de conseguir para el colectivo de regreso. A eso de las seis y media decidió cambiar la zona de mangueo porque en la peatonal no pasaba nada.


Crepare en Rosario una tardecita”


Subió por Mitre hasta San Luis para ir a manguear a la plaza del Bernardino Rivadavia. Ya en calle San Luis caminó desde Mitre hasta Sarmiento. En su mente comenzó a dibujarse el recuerdo de la tarde del accidente. Todo parecía igual, solo él estaba distinto.


Cruzando una calle me desvaneceré”


Fue a cruzar, para agarrar la vereda de la plaza, cuando por la otra vereda vió un maravilloso culo. Divinamente cubierto por un vaquero que lo realzaba hasta el colmo de la convexidad.


Será entre las ruedas de un puto taxista”


El taxi venía echando putas por Mitre y ya doblaba por San Luis. “Ese culo...” pensó el Dos, enloquecido, en el medio de la calle. Encontrándolo demasiado parecido al letal culo de la otra vez. Y en ese preciso momento, inquieta y rápidamente, giró la cabeza. Cuando vio el taxi lo entendió todo; era el mismo de la otra vez. Alcanzo a volver la vista al culo y se abandonó al destino.

El impacto fue tan violento que todo el mundo, en el mismo momento y en un radio de varias cuadras a la redonda, volvió la cabeza hacia el sitio donde ocurrió el accidente.

El auto lo levantó por el aire, lo volvió a agarrar en el asfalto, le pasó por arriba y le incrustó en el pozo de la frente la misma tuerca del mismo diferencial.

El taxista se bajó del auto, lo miró, lo reconoció y se agarró la cabeza con las manos:

- ¡Otra vez! -dijo.

Pero esta vez se cumplió su sino; murió definitivamente. Y tal como lo había presagiado y escrito:


Por mirar un culo "quebienseteve”.



En su casa, Ana, tuvo un sacudón premonitorio. Y bajo el puente, el Duque tuvo la misma sensación mirando la lata de dulce donde herviría fideos que más tarde no alcanzaría a terminarse solo.

Y en la calle San Luis, el camillero que lo despegó del asfalto le miró alucinadamente los ojos y exclamó: “¡mamita!”, con admiración. Porque grabado para siempre en sus retinas, el Dos se llevaba una última y formidable imagen: el impresionante y maravilloso culo de la muerte.

Thursday, June 23, 2005

Capitulo LV



No la encontró en ninguno de los dos lugares que tenía para buscarla, esto es; ni en el hospital, ni en la casa de los padres.

En la casa de los padres de Ana no tuvo mayor suerte. La “dejada esa” le dijo que ya no tenía nada que ver con su hija y que no tenía idea de donde estaba, ni lo quería saber. Y que se fueran, él y ella, a la puta madre que los reparió. El motivo de la puteada fué que no lo reconoció (si nunca lo había conocido) y pensó que ese parapléjico que tenía enfrente sería uno de aquellos de cuando el escándalo.

Ya estaba cerrándole la puerta en la cara cuando lo miró y vió en sus ojos tanta amargura y ansiedad que, increíble y fugazmente se conmovió. Como al pasar le dijo:

- Se que vivía con esa puta que trabajaba con ella... Ema, se llama.

Allá al fondo, en la cocina, atronaba el televisor con su eterno partido de fútbol.

- ¿Y donde vivían? -preguntó entusiasmado el Dos.

- No se... ni idea... -respondió tajante. Y le cerró la puerta en la cara.

El Dos, entonces, se fue rengueando hacia la parada de colectivos, rumbo al hospital.


En el hospital no reconoció a nadie. Habían cambiado las autoridades y él por el nombre solo recordaba a Ema. Le preguntó a una enfermera con cara de puta que deambulaba por ahí y la tipa se rascó la cabeza, dijo “Ana Santana, Ana Santana”, se golpeó la frente, “¿una tetona?”, preguntó colocando las manos abiertas y con las palmas hacia el pecho. El Dos asintió esperanzado. “¡Si, ya me acuerdo!, renunció un poco después de que yo entre. ¡Por eso no me acordaba!, hace como un año que se fue”, exageró y encogiendose de hombros agregó, “pero no, ni puta idea de donde este trabajando”. Cuando preguntó por Ema se enteró de que había muerto.

La soledad demuele cualquier espíritu, afloja el alma más dura. Cuando el Dos salió de ese hospital donde confirmó que había perdido tal vez para siempre el rastro de Ana, en la vereda misma, se puso a llorar. Y maldijo aquella tarde lejana cuando la dejó retratada para siempre en el retrovisor de su opulenta cupe roja.

Desahogado por el llanto, decidió luego que, ya que estaba relativamente cerca, iría a la clínica donde lo habían curado para preguntar si podían darle algunos masajes, porque se sentía muy rígido en las articulaciones. Y hacia allá se dirigió, bailando su eterno cha-cha-chá.


- Lo lamento, pero gratis no... su tratamiento ya terminó y se le dió el alta...la atención post-alta es otro servicio...

Le informó con voz impersonal, una enfermera de la administración.

- ¿Pero que voy a hacer?...-preguntó con desesperación- no tengo plata y necesito los masajes... no estoy bien, me parece que cada vez camino peor...

Y la miró con esa mirada desgarrada que había logrado conmover a la madre de Ana. La enfermera pensó “pobre tipo” y se encogió de hombros. Y he aquí una impresionante burla del destino: El Dos ya rengueaba derrotado hacia la salida cuando la enfermera lo llamó.

- Pst, señor, venga.

El Dos se acercó y vió que la chica escribía algo en un papel.

- Vaya acá. Atienden casos como el suyo y por lo que sé, piden colaboración en lugar de honorarios. Así que algunos se atienden gratis... pruebe, a lo mejor... -sugirió encogiéndose de hombros.

El Dos le agradeció el dato y leyó en el papel; Damas Mendocinas 1789. La exacta dirección de Ana Santana. Miró la hora, eran las siete y diez de la tarde.

- Voy mañana -se dijo y salió rengueando hacia la vereda.

Algo es algo”, se dijo reconfortado y se alegró más todavía cuando pensó en los maravillosos fideos amasados al meo, que estaría preparando el Duque.

Capitulo LIV



Esperó a que estuvieran todos para contarles. Cuando no faltó ninguno los reunió en la galería, sacó el frasco de café instantáneo, lo puso respetuosamente sobre el piso, se alejó dos pasos, lo señaló y dijo:

- Chicos... ahí esta Ema.

Los mogólicos, el autista y el del cochecito ni se mosquearon. Pero los cerebrados pidieron explicaciones a los gritos. Ana sin ocultar las lágrimas que le saltaban de los ojos dijo un quebrado:

- Se murió chicos, si.

Y fue como si anunciara la largada de una maratón de llanto, porque, desde ese momento, todos los monstruos se pusieron a llorar también. Hasta los mogólicos, contagiados del estado de ánimo reinante, lloraban a moco tendido. Ana observó que cierta intuición, todavía funcionaba en ellos. Porque Alfredito no tenía consuelo. Corría de aquí para allá, se golpeaba contra las paredes y se revolcaba por el piso. Evidentemente entendía, por un camino distinto de la inteligencia, lo que había pasado con la única mujer que le había echo sentir amor. De madre si se quiere, pero amor al fin.

Y todos miraban su desesperación con un respetuoso silencio. Hasta que, Ana, decidió detenerlo para evitar que se siguiera golpeando. Trató de tomarlo del brazo, pero Alfredito se le escurrió y de un manotazo, agarró el frasco, donde reposaba Ema y con un movimiento rápido se zambulló en el baño. Cerrando con llave desde adentro.

- ¡Alfredito! ¡abrí! ¡abrí, Alfredito, dale! -le gritó Ana. Y todos los monstruos que podían hablar le gritaron también. Pero Alfredito no abrió.

Detrás de la puerta solo se sentían llantos y golpes sordos. Ana, preocupada, corrió entonces a buscar algo que le sirviera para hacer palanca y encontró un viejo cortafierro oxidado. Lo calzó entre la puerta y el bastidor y empujó con fuerza. La cerradura saltó con un ruido de maderas rajadas y la puerta se abrió dejando ver a Alfredito derrumbado en el piso, entre la bañera y el inodoro.

Lloraba silenciosamente y tenía en la mano derecha el frasco con las cenizas destapado. Ana se acercó con cuidado, se lo quitó de las manos y miró dentro; estaba vacío. Buscó con la vista las cenizas en el piso pero no vió ni rastros. Volvió la vista hacia Alfredito y notó, alrededor de sus labios, el tiznado color café de quién en vida se había llamado Ema.

Wednesday, June 22, 2005

Capitulo LIII



Debajo de un puente, en el gabin 14, cerca de la calle Sorrento. El Dos depositaba su mirada destruida en el humear de una lata de dulce que otro de los crotos había puesto al fuego para hacer un café instantáneo. Una radio spicker, desorchatada y mugrienta zumbaba apoyada en un cajón. Cantaba el varón del gotán; Julio Sosa.

Rechiflado en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido en mi pobre vida paria solo una buena mujer...”. Bramaba con ese vozarrón que enloquecía a los maricas.

- Ana... tengo que encontrarla, ella me va a perdonar... las minas siempre perdonan... le voy a escribir poesías y me va a perdonar... ¡si!

Y así diciendo se palpó nerviosamente los bolsillos y de un fondillo extrajo una virome reventada de calor. Arranco un cartón de una pila que estaba junto al cajón de manzanas y comenzó a escribir versos donde predominaban las palabras equivocación, arrepentimiento, perdón y amor. Febrilmente, inspirado por la desesperación, escribía y escribía.

Después de unos minutos escuchó el marcado acento ucraniano del Duque.

- Ya esta el café, ¿quiere?

Levantó la mirada, sonreía.

- Si Duque, dame uno y tomá un faso... -dijo el Dos extendiéndole una colilla larga y llevándose otra a los labios. El otro la recibió con agrado y le alargo un café servido en una lata de tomates recortada.

- No nos privamos de nada... -sonrió con orgullo el tal Duque, que era un viejo barbudo y canoso. Pese a los harapos y la mugre el viejo tenía una expresión aristocrática que resaltaba como un diamante en el barro.

- Gracias Duque...

Sentados en el piso bebían y fumaban. El Duque señaló el campo verde, y más allá una laguna, que se formaba por la acumulación de lluvias y donde croaban las ranas.

- Pucha que está lindo el día... dígame si no es una mañana preciosa...

El Dos asintió con un silencio contemplativo y en ese silencio quedaron unos instantes, hasta que (el propio Dos) luego de un ruidoso sorbo le preguntó a su compañero:

- ¿Porque te dicen Duque?

Sin inmutarse el croto respondió:

- Porque soy duque.

El Dos lo miró sin pestañar.

- Vladimir Ostovich Segundo, ese es mi verdadero nombre.

- ¿Que?

- Así es... mis padres escaparon de la revolución bolchevique... yo tenía un año entonces.

El Dos estaba anonadado. Dejó de tutearlo.

- Pero, ¿cómo?

- ¿Cómo qué?

- ¿Porqué esta así?.-titubeó- En la miseria.

- No se equivoque colega, -sonrió- yo no soy miserable... soy pobre nada más... tengo lo que necesito y carezco de lo que no me hace falta... -precisó.

- Si, pero su familia debe haber traído mucha plata... ¿o no?

- Si. Y la tienen todavía.

- Y ¿entonces?

El Duque sonrío.

- Usted no me entiende... yo elegí esta vida -recalcó-... siempre quise ser esto que soy... -dijo acomodándose la espalda- desde chico ya tenía la vocación... mamushka siempre cuenta que cuando yo era pequeño encogía el brazo como un lisiado y pedía limosna a todos los que venían a visitar mi casa... ¿no le parece eso una vocación?

El Dos no lograba salir de su asombro.

- Pero y su familia... ¿como lo tomo?

- Se lo podrá imaginar... además yo siempre había sido muy complaciente con mis padres… aprendí piano, tres idiomas e inclusive me recibí de medico como ellos querían... pero no se engaña una verdadera vocación... -dijo negando con un gesto- mi padre me puso una clínica y... -se interrumpió para preguntar- ¿a que no se imagina a quienes atendía?

- No -contestó el Dos encogiéndose de hombros.

El Duque sonrío.

- A los crotos. Pasaba horas con cada uno de ellos. Escuchando sus historias. Envidiándolos -confesó-. Los curaba cuando andaban maltrechos por algún accidente o alguna infección, siempre por pavadas, porque tenían (y tenemos) una salud de hierro. Y después se iban... con sus harapos y sus bolsas... y yo los veía irse con una mezcla de alegría y tristeza; como se mira un pájaro que sale de la jaula. Un día le dije a mi secretaria “no vengo esta tarde” y me fui para siempre. Así, como estaba vestido y con el dinero que tenía encima...

El Dos lo miro con admiración. El Duque continuó.

- ¿Sabe usted lo que es salir a la calle como salí yo aquella mañana?... ¡me dió vértigo la libertad!... ¡el mundo estaba ahí para que yo lo recorra!, sin horarios, sin urgencia. La vida por la vida misma, sin otro motivo... y me fui, sin dudarlo. Me acuerdo que entré a caminar por unas vías, riéndome como un loco, como borracho, pero de libertad.

- ¿Y nunca volvió, ni aviso nada a nadie? -El Dos perplejo.

El Duque asintió.

- Estuve muchos años sin volver... pero algunos años después, quise verlos y me decidí a visitarlos... Así fue que una noche, toque el timbre de la reja. Se encendió en seguida un farol del jardín que me encandiló e instantes después se asomó mi padre; mi padre era alto y delgado, muy autoritario... se puso su monóculo y me miró desde la puerta, a unos veinte metros, fijamente. Yo me quedé paralizado... “¿quién es, Vladimir?”, preguntó la voz de mi madre desde adentro... “¡Nadie, no es nadie!”, contestó él, tajante. Cerrando con firmeza la puerta.

- Pero a lo mejor se confundió. O no lo reconoció. O lo tomó por un croto cualquiera... -teorizó el Dos.

El Duque negó con tristeza.

- No. Sé que me reconoció. Además Lenin y Stalin, los dos daneses que teníamos y que eran muy bravos, en vez de ladrar me vinieron a lamer las manos. Pero yo no me anime a decirle nada. La figura de mi padre me infundía un respeto rayano en el temor... Así es que bajé la cabeza y eché a andar y entonces si... ya no volví nunca más.

- El no lo aceptó.

El Duque negó con una sonrisa triste.

- Todavía vivía en la corte de los zares...

- Aunque no fuera un Duque, para cualquier padre debe ser muy duro tener un hijo croto -afirmó sin convicción. Pensando que en realidad al suyo le daría lo mismo o hasta le gustaría.

El Duque se apuró a replicar:

- También es duro para un hijo ser otra cosa distinta de lo que en realidad es... representar toda la vida un papel que no eligió...

Luego de un silencio enfático, preguntó:

- ¿Sabe que fue lo que me hizo decidirme?

El Dos negó con un gesto.

- Una idea terrible y sencilla... Recuerdo que estaba en mi oficina, mirando por la ventana y pensé... “solo voy a vivir una vez”... y créame que eso bastó. Piense esa idea.. cuando uno la hace carne, y la comprende en toda su dimensión, no puede quedarse así como así, salvo que sea un cobarde... ¡solo se vive una vez! -repitió.

- Cierto... -admitió el Dos pensativo.

El Duque prosiguió:

- Nadie puede pedirle que renuncie a su vida. A mi, todos querían llenarme de responsabilidades; recíbete, cásate, ten hijos, trabaja... Menos casarme y tener hijos yo lo hice todo. Y me llené de úlceras y enfermedades de autocastigo. Yo no quería responsabilidades -explicó-, mi cuerpo las rechazaba. Las responsabilidades no son naturales -definió-... A uno lo convencen de que eso es ser un verdadero hombre y todas esas pavadas, pero es mentira. El hombre es un animal que tiene que tener libre albedrío. Y sino fíjese que apenas largué todo y me hice a esta vida, se me curaron todos los achaques. Hasta la ulcera, que no se me iba con nada. Y ahora gozo de perfecta salud pese a los fríos y las porquerías que como... ¿como me lo explica?

El Dos se encogió de hombros y el Duque continuó:

- El hombre es un animal más, no nació para este vida que se lleva hoy en día... dígame si hay algo más hermoso que comer una costeleta con las manos… o andar desnudo a la intemperie, como un animal... -y así diciendo, sentado como estaba sacó un pito arrugado y sucio y se hechó una meada sin levantarse, de costado. Parte del chorro le empapó la pierna. El viejo sonreía.

El Dos asintió sonriendo y terminó el café de un sorbo. Juntó los cartones con los poemas, les ató un hilo de nylon alrededor y se puso de pie para ir en busca de Ana.

- ¡Ah, conseguí harina!, -exclamó el duque- ¡Esta noche estamos de fideos amasados!

El Dos le miro las manos llenas de meada.

- No me los pierdo por nada del mundo... a las nueve estoy de vuelta, mi Lord -aseguró.

Sunday, June 19, 2005

Capitulo LII



Tocaron a la puerta. Dos golpes fuertes. Ana estaba durmiendo. Se incorporó en la cama súbitamente. Sentía la cabeza pesada. Se había acostado a la tarde (para que no la acosaran los periodistas desde los techos vecinos) y se había quedado dormida de un tirón. Ahora iba hacia la puerta preguntándose ilusamente: “¿Será Ema?”.

- ¿Quién es?

- Abra, traigo algo para usted -contestó una voz áspera.

- Pero, ¿quién es? -insistió ella.

- El chofer de Alfredito... es algo de parte del padre...

Ana abrió el visillo y recortado en el rectángulo vió el inmenso pecho del mamut que siempre manejaba el larguísimo auto donde traían a Alfredito. Abrió. El tipo traía un frasco y una carta; se los extendió. Ana los tomó con gesto de intriga, lo miró al tipo y luego los puso bajo la luz; el frasco era de café instantáneo. Lo miró al tipo como pidiendo una explicación.

- Es de parte del “Dotor”.

- Bueno... gracias... -sonrió Ana, encogiéndose de hombros.

- Listo -dijo el ropero y ya se iba cuando dobló en la esquina un auto que se deslizaba a baja velocidad. De la ventanilla delantera se asomaba el lente de una cámara fotográfica. La noche estaba tibia y estrellada. Corría un airecillo reconfortante. Las calles del barrio estaban vacías. Eran casi las once de la noche. El ropero metió la mano bajo el sobaco y sacó un fierro de exageradas dimensiones. Al mejor estilo californiano, apuntó. El tipo en el auto lo encuadró con la lente. El centro de la cámara y el eje del revólver se unieron por una línea invisible. El auto se deslizaba y los movía, solidarios como la raya de un radar. El tipo dentro del auto tenía el dedo en el disparador. El ropero con una expresión muerta en la cara afirmaba el gigantesco dedo contra la cola acerada del gatillo. El auto seguía. Ninguno se movía. Finalmente el auto dobló en la otra esquina. El ropero bajó el fierro y se volvió a Ana. Con una sonrisa torva le dijo:

- Sabe que foto carné le hago... -y se fue para el auto.

- Dele las gracias por el regalo. -Dijo Ana aún temblando por el incidente.

El tipo se volvió a mirarla. Sonreía con una mueca y pareció a punto de decir algo distinto de lo que finalmente dijo:

- ¡Que lo disfrute! -Le deseó con una risotada quejumbrosa, metiéndose en el auto.

Luego el coche arrancó y ella se metió en la casa. Fue hasta la cocina y puso el frasco y la carta arriba de la mesa. Miró la hora (once y seis) y pensó en Ema, en voz alta.

- Esta se debe haber enterado por la tele y se debe quedar en el hospital por los periodistas... Tengo hambre, me voy a hacer algo de comer.

Abrió la heladera y sacó un milanesa fría, vino y soda. Prendió la televisión y se sentó a verla. Había un noticiero local.

Dos locutores transmitían en estilo de ping-pong informativo:

- Continúan las remarcaciones de precios -sonreía la locutora- el gobierno ha decidido cambiar el sistema de numeración para colaborar con las extenuantes tareas de remarques del sector empresario. Desde la semana que viene se utilizara el sistema hexadecimal, que permite utilizar casi la mitad de dígitos que el decimal vigente a la fecha. Se sabe que poca gente lo entendería y así habría mucha menos preocupación por la inflación, con las ventajas macro-económicas que eso conlleva.

- ¡Carenciados no están solos! -exclamó otro locutor- Para colaborar con los sectores de menores recursos, el gobierno ha instituido el denominado Plan de Entierro Solidario, mediante el cual correrán por parte del estado los gastos de entierro de aquellos connacionales que fallezcan por hambre o desatención... ¡en buena hora! -exclamó mirando a su compañera- Una preocupación menos para nuestro maravilloso pueblo.

- Así es. Se habilita un nuevo sistema legislativo -sonrió la periodista- mediante este nuevo sistema los legisladores no necesitarán concurrir a las cámaras. Consta de una microcomputadora que emula el pensamiento vivo del legislador y decide en consecuencia con la misma respuesta. Demás esta decir que es absolutamente personal y gracias a este adelanto nuestra clase dirigente podrá emitir su voto desde cualquier playa del Caribe o la Polinesia... -coronó con una radiante sonrisa- su exiguo costo es de dos millones de dólares por equipo y ya ha sido votada la compra por unanimidad.

Retomó el tipo:

- En otro orden de cosas la primera dama solidarizándose con las peripecias económicas que castigan a nuestro pueblo a anunciado, en carácter de promesa solemne, dejar de utilizar ropa interior de encaje y donar el producto de este ahorro al hogar de Cabecitas Huérfanas...

- Mierda ni palabra del quilombo... -susurró Ana masticando un último bocado de milanesa.

La locutora pareció escucharla.

- Retomando la información transmitida en el día de ayer sobre el escándalo suscitado en el barrio Sarmiento de esta ciudad nos vemos en la obligación moral de aclarar que ha sido todo consecuencia de un lamentable equivoco. La poco felíz interpretación del comentario de un vecino disparo una serie de sospechas injustificadas sobre este verdadero hogar del discapacitado. Donde se cumplen tareas de rehabilitación de deficientes funcionales de todo tipo... -la cámara mostraba el frente desierto de la casa.- Hacemos propicia la ocasión, entonces, para desmentir los infundios que se han hecho circular al respecto y haciendo un mea culpa, la gerencia de noticias ha decidido dejar cesante a la periodista que cubrió para nosotros el evento. La causa; no haberse cerciorado previamente de la veracidad de las acusaciones.

- ¡Hijos de puta! -festejó Ana bebiéndose de un trago todo el vaso de vino y eructando a continuación- ¡Increíble!... ¡Cuando se entere Ema!

- Me voy a tomar un cafecito y a leer la carta del bacán este -se dijo poniendo la pava en el fuego. Sacó una taza y cuando estuvo lista el agua fue hasta la mesa. Abrió el frasco, sacó dos cucharaditas y las volcó en la taza, agregó el agua caliente y revolvio. Lo probó.

- Puaj, que café de mierda. Con toda la guita que tiene este hijo de puta y nos manda este café de mierda - comentó en voz alta agregándole más azúcar. Tomó otro sorbo desplegando la carta sobre la mesa. Estaba escrita a máquina y sin firma, decía:


Estimada Señora:

A raíz de los escándalos desatados en esa casa donde concurre mi hijo he debido tomar intervención para parar la investigación periodística. Ya todos los medios están avisados de apartarse del tema y algunos publicarán desmentidas. No se si para esta hora usted estará ya enterada del lamentable fin de la señora Ema, si no es así cumplo en informárselo; falleció de un ataque cardiaco esta misma mañana. Con respecto a esta irreparable perdida solo me queda expresarle mis condolencias y tranquilizarla respecto a que no deberá preocuparse por nada.

Para evitar un sepelio que hubiera llamado innecesariamente la atención me he tomado la libertad de ordenarle al director del hospital que la creme ahí mismo. Según me acaban de notificar así se ha hecho y consecuentemente he encomendado a mi chofer, retirar las cenizas antes de pasar por su casa para poder adjuntárselas con la presente.

Es mi deseo que se siga adelante con la labor que venían desarrollando, usted y la señora Ema y como la casa es de mi propiedad la pongo desde ya a su disposición por si usted deseara continuar con esa magna tarea.

Sin otro particular y agradeciendo lo que hace por nuestro hijo, me despido de usted saludándola con atenta admiración.”


Ana se quedó como atontada. Estuvo unos instantes con el entrecejo fruncido y luego, súbitamente aterrada, miró el pocillo de café y exclamó espantada:

- ¡Ema!

Para terminar gritando entre gargajos, lagrimas y vómitos:

- !Ahhggg, Ema querida, la puta que te parió!

Saturday, June 18, 2005

Capitulo LI



Ya en la calle, el Dos decidió antes que nada constatar personalmente su estado patrimonial. A tal efecto concurrió (siempre bailando el cha-cha-chá), a las oficinas de sus ex-administradores.

- ¿De parte de quién me dijo? -repreguntó por cuarta vez, irritado el recepcionista.

- Del Dos dígale -repitió modulando las palabras.

- Si… lo busca un señor... ¿Dos me dijo?

El Dos asintió con un gesto.

El recepcionista escuchó unos instantes atentamente. En un momento dado reprimió una pequeña carcajada y luego colgó. Finalmente levantó la vista y le dijo sonriente:

- Los señores no están... han ido a Europa por negocios... pero me han dejado algo para usted, espere un momentito, por favor... -y se levantó para meterse en una puerta lateral. En unos minutos salió con un sobre y se lo entregó, con una sonrisa rutilante.

- Según me han dejado dicho, estos documentos respaldan a la empresa por haber cedido sus bienes a su socio el señor... -se interrumpió tratando de recordar el nombre.

- Hijo de puta... -lo ayudó el Dos- el señor hijo de puta...

Manoteó el sobre con avidéz. Saco las fotocopias y ya se disponía a leerlos cuando el recepcionista, siempre sonriente le dijo:

- ¿Podría leerlos en la calle?, por favor...

- ¡Anda a la puta que te parió!... ¡pensar que hace seis meses te podría haber hecho echar! -le espetó el Dos furioso. Pero la ira le hizo ininteligible la puteada y terminó ampliando la sonrisa del empleado.

Indignado pegó media vuelta y encaró para la puerta. Los nervios y el desplante le agudizaron el rengueo feroz que lo acosaba. A sus espaldas, mientras salía, escuchó la risita malvada del recepcionista.

No pudo aguantar ni a llegar a un bar. Leyó los documentos en la puerta misma de sus ex-administradores, y en el medio de la vereda estalló en una kilométrica puteada. Le agarró tal ataque de furia que destrozó los papeles con las manos y los dientes y ya lo rodeaban algunos curiosos cuando rengueando como nunca salió disparado a buscar a María.

Tomó un colectivo a dos cuadras de allí y (ventajas de su nuevo estado), una vieja le cedió el asiento. El viaje se le hizo insoportablemente largo. Cuando llegó, tocó el timbre y no pudo esperar a que parara; se tiró del colectivo en movimiento. Si no era por un arbolito que lo atajó, se mataba. Como en una maratón (de parapléjicos) llegó en un santiamén a la puerta de la casa de María.

Tocó timbre casi quince minutos. Rojo de ira apretó el botón y se extravío en sus pensamientos criminales con el dedo apretado. La vecina de al lado fue la que lo volvió a la tierra.

- ¿A quién busca?...-preguntó con voz de pito. Y sin esperar respuesta exclamó- Ya no vive nadie acá. Además… nunca tuvieron luz.

El Dos largó el timbre.

- ¿Como que no vi...? -preguntó recontragangosamente.

- ¿Qué dice? No le entiendo -la vecina frunciendo el ceño.

- ¿Cómo que no vive nadie? -reiteró esta vez pausadamente.

- Ah, se fueron... la mujer que vivía acá se fue hace como tres meses...

- ¿Adonde?

- ¿Que se yo?, no lo sabe nadie... -lo miro de arriba abajo- usted es de esos que clavo el marido, ¿no?... han venido de a montones...

La casa de los viejos de él”, pensó el Dos y sin contestarle se fue bailando el cha-cha-cha hasta la parada de colectivos.


La casa de los viejos de él lucía un cartel de “próximo remate judicial s/base”. Tocó el timbre totalmente al pedo porque tampoco vivía más nadie. Se enteró, como corresponde, por la vecina de al lado.

- No. No viven más acá... el hijo les patinó todo... los viejos le habían puesto la casa en garantía y mire como terminaron, ya los desalojaron y ahora se la rematan... tengo entendido que a los suegros de él les pasó lo mismo... un verdadero tránsfuga resultó el Manolito… ya de chiquito se notaba que iba a ser hijo de puta…

Con un gesto perturbado, como extraviado, el Dos empezó a renguear. Semidestruido, repasó en la mente los lugares que le quedaban para ir. Descartando la casa de su viejo, quedaban su bulín de Barrio Martin y tal vez, porque no, la casa de Ana.

Palpitando lo que iba a pasar, se dirigió primero al bulín de Barrio Martin.

Apretó el portero y cuando escuchó que atendían, el corazón le dió un respingo.

- ¿Hola? -Dijo una voz que no era la de Manuel.

Como la voz gangosa del Dos era inentendible desde el portero, el nuevo dueño, gentilmente, lo invitó a subir. El tipo estaba en slips y lo atajó en la puerta previniendo que la visita no se prolongara demasiado. El Dos lo acribilló a preguntas. En vano el tipo le pidió que se tranquilice.

- No, no se lo compré a su socio... se lo compré al banco... -explicó el tipo ante la requisitoria ansiosa del Dos.

- ¿Al banco?...

- Si... el que era su socio sacó un crédito de un palo verde y rajó... por lo que me dijo el gerente puso a medio mundo en garantía y los acostó a todos...-sonrío el tipo- ¡flor de pescado!...parece que rajó a Miami... no lo agarran más...

El Dos se sintió desfallecer. En ese momento vió por la hendija de la puerta entreabierta, una rubia escultural que pasaba desnuda. El Dos se sostuvo de la puerta del ascensor; era la rubia platino que se había levantado pocos días antes del accidente.

- ¡Marisa! -La llamó el Dos. La mina se acercó a la puerta.

- Hola nena... que, ¿no te acordas de mi? -le pregunto el Dos, casi suplicante.

- Ah, si, ¿que tal?... me entere de lo que te pasó... ¿como estás? -dijo la mina con gesto impresionado y sin esperar respuesta le ronroneó algo al oído del nuevo dueño de casa.

El tipo lo miró al Dos, sonrío, le guiñó un ojo y le dijo:

- Usted comprenderá...

- Espere, espere, una cosa más, por favor… ¿como la conoció a Marisa? -Le preguntó.

El tipo sonrío con un gesto deslumbrado.

- ¡Es increíble, pero me vino con el departamento!… un día siento la cerradura y veo que se mete... es una loba, nunca se lo voy a agradecer lo suficiente -completó feliz, poniéndole la mano en el hombro.

Cierto, le di la llave”, recordó el Dos.

El tipo lo despidió sin más y cerró la puerta con urgencia.

Trastabillando, el Dos, llegó a la vereda. Eran las siete menos cinco de la tarde. Dijo con la voz quebrada:

- ¡Hijo de puta!...¿y ahora de que voy a vivir? -y se puso a llorar contra la pared. Se fue derrumbando en la vereda y quedó en cuclillas apoyado de espaldas sobre el mármol de su ex-edificio.

El destino se encargó de responderle: Una señora gorda que pasaba con un carrito del supermercado lo miró, metió la mano en el monedero y le tiró un billete de cinco lucas.


Wednesday, June 15, 2005

Capitulo L



En el barrio la gente estaba acostumbrada al desfile de monstruos. Los vecinos se reían y hasta se cargaban diciéndose frases del estilo de “callate que vos el jardín de infantes lo hiciste con Doña Ema".

Pero una tarde calurosa de verano, una vecina de casa por medio con la de Ema se acercó para pedirle hielo, porque tenía rota la heladera. Golpeó fuerte la puerta, pero tanto Ema como Ana, encerradas en la sala de masajes, no escucharon los golpes.

La vecina siguió golpeando y de tanto insistir el visillo se abrió. Y entonces no pudo creer lo que vieron sus azorados ojos:

El macrocéfalo jugaba a tirar para arriba a Rubencito como a una pelota. El parapléjico, entretanto, estaba tumbado, cagado y lleno de moscas en el piso. Sobre el césped los cuatro mogólicos, como una orquesta, estaban frente a sus atriles, ejecutando su remanida sinfonía para cuatro porongas y salpicando con lechazos al autista girasol. Horrorizada salió corriendo y al día siguiente, en todos los rincones del barrio no se hablaba de otra cosa. En el almacén, a hora pico, la pusieron a la de la casa de al lado a contar lo que su lindera había visto y la pobre mujer, con público numeroso y presa de la tentación de impresionar, se largó conque los mogólicos se culeaban entre si, que Ana y Ema hacían menage a trois con el macrocéfalo y que entre todos torturaban al parapléjico y al de la canastita. Dos días después caían la televisión y la prensa amarilla a golpear la puerta de la casa de Ema.



Ana fue la primera en enterarse, dado que Ema estaba de guardia. Sintió el acostumbrado quilombo en la puerta y fue a abrir pensando que eran sus tarados. Pero se encontró con un conglomerado de cámaras fotográficas y de televisión que la fusilaron con fotos y preguntas del tipo “¿es cierto que aquí se hacen orgías con deficientes? ¿pertenecen a alguna secta religiosa? ¿es cierto que filman las orgías y las exportan? ¿hacen trash-movies? ¿Es cierto que...”.

Más atrás, en una segunda línea, un grupo de vecinos indignados le gritaba: “¡desgenerada!, ¡guacha puta!”.

Ana no supo lo que pasaba, y con esa cara salió en la televisión, cerrando de golpe la puerta a la prensa.



Ema tuvo el primer indicio por la madre de Ana. Estaba en la guardia, ya sobre la hora de salida, cuando esta la llamó por teléfono. Apenas levantó el auricular, Ema escucho una confusa sarta de puteadas sobre un fondo de partido de fútbol a todo volumen.

¡Bajá la televisión, viejo!” gritó “la dejada esa” casi al borde de la afonía. Pero el mirador de fútbol no le dió la menor pelota. “La dejada”, continuó.

- Escucháme bien...”la toma Scutuli”...la vi a la hija de puta de mi hija... “avanza hasta el área”...en la televisión...”se la pasa a Pedoja”...y me quise morir de la vergüenza. Acá en mi barrio no se habla de otra cosa... “la toma Pedoja”...quiero que le digas a la yegua esa...”increíble, el arquero ni se prepara”...a la degenerada esa...”peligro de gol, peligro de gol”...que donde la agarre la mato...”patea Pedoja”...la reviento ¿me entendiste?... “¡inaudito, el arquero se esta rascando un testículo mirando para otro lado!”...hija de mil putas...”goool goool goool”...y la reputa madre que te reparió...”goool, gool, goool, gool, la hinchada esta enfurecida contra el arquero.”...y vos también andate a...”Miles de gargantas gritan:”...-y aquí se unieron en coro la hinchada con la madre de Ana: !LA CONCHA DE TU MADRE! !Click!

Ema, como Ana en su momento, no entendió nada. Pero atinó a correr hacía el televisor del segundo piso. El aparato estaba en una pieza donde agonizaban dos viejitos decrépitos. Ema entró hecha una tromba y prendió, el aparato, a todo volumen. Los pichones de fiambre, al escuchar el aturdidor artefacto, pusieron rostros desencajados de horror. Intentaron quejarse, pero débiles como estaban no lograron hacerse oír.

En la pantalla pasaban el flash donde aparecía Ana cerrando la puerta con cara de “¿que?”. La imagen se cortaba y pasaba a un primer plano de Alfredito con un micrófono en los labios. La periodista le preguntaba con tono indignado:

- ¿Vos sos cliente de esta casa?

El pavote de Alfredito se babeaba balanceando la cabeza de arriba abajo.

- Aaaaaauuu, uuuaaaaaa, oooooiiiiiii....

- ¿Es cierto que se la pasaban de orgía en orgía?

- ahahahahahahah, uuuuuueeeee, auauauauauaua...

Ema horrorizada sintió como un calambre en el corazón. Mientras, en las camas, los viejos se convulsionaban agonizantes.

- ¿Vos fuiste obligado a mantener relaciones homosexuales con otros oligofrenicos?

- eieieieieieieieieiie.

- ¿Es cierto que los filmaban?

- uuuuuuu, ououououou, oooooo

Ema se llevó la mano al pecho con un gesto de desesperado dolor. Entretanto, detrás de ella, sin gritos ni contorsiones y sin que nadie se entere, fallecía uno de los dos viejos. Justamente el que estaba más cerca del televisor.

En la pantalla, la imagen encuadraba el rostro indignado de la periodista.

- Como ven ahí en estudios, esta totalmente confirmada la sospecha de perversión en esta suerte de casa de masajes para deformes e infradotados... enseguida vamos a tratar de entrevistar a algún otro de los clientes, para ampliar los testimonios... ¡adelante en estudios!

Ema se apretó el pecho.

Retomaba el diálogo un tipo en estudios y anunciaba:

- En instantes nada más, toda la información sobre el caso que hemos titulado; DEPRAVACION EN LA CASA DE MASAJES PARA ENGENDROS.

El otro viejo, con una mano temblorosa estirada hacia el televisor, seguía los pasos de su compañero de pieza. Dejando sobre la cama, un manojo de huesos que, con ojos desorbitados, se fué helando frente la pantalla asesina.

La cámara adelantaba imágenes de la continuación de la entrevista donde la periodista le observaba los documentos a Alfredito y ponía una cara de inaudita sorpresa.

Ema entonces, después de dos sacudidas espasmódicas, sintió como una puñalada en el corazón y estrujándose con las dos manos su magra teta izquierda, se derrumbó en el piso. Otra puntada más fuerte que la anterior la sacudió ya en el suelo y falleció también de cara a la tevé. En el preciso instante en que el director del nosocomio atendía en su casa el llamado del ilustre padre de Alfredito que en forma perentoria y lógica, aunque tardía, preguntaba por Ema.

En el televisor apareció una oportuna tanda publicitaria.

- Haga con nosotros su último viaje... confortables cajones, excelente servicio, nichos y panteones de todo precio... aceptamos tarjetas de créditos... vuele con al más allá LASTTOUR... salidas todos los días... LASTTOUR...-insistió el locutor por última vez para sugerir- ¡Antes de morir, llámenos!

Los tres potenciales clientes miraban la pantalla sin pestañear. Y la inescrupulosa tanda publicitaria se reflejaba en sus pupilas vidriosas y rígidas, sin ningún respeto por la muerte. Convirtiendo a esos tres cadáveres en perfectos espectadores de la caja boba. Y también en un patético símbolo del poder devastador de la televisión.

Tuesday, June 14, 2005

Capitulo XLIX



- Muy bien, señor, llego el día.

- Si, así es -dijo el Dos revisando su aspecto frente al espejo.

- ¿Como estoy? -preguntó sin dejar de mirar.

- Muy bien. En serio.

- Yo también me veo bien -coincidió casi contento. Su mirada se depositó en el agujero en forma de bulón sobre la frente -. Lástima esto...

- Podría taparlo muy bien con un bulón de media pulgada.

- Parecería Frankenstein.

- Le daría un toque personal.

- Estoy un poco rotoso, ¿no?

- Si, pero así le quedo la ropa. Y encima hubo que refregarla mucho...

- Comprendo.

- Lo vamos a extrañar -dijo ella con sinceridad.

- Si, pasó mucho tiempo...

- Más de cuatro meses...

El Dos asintió con un gesto. Luego se hizo un espeso silencio. El no parecía tener ningún apuro. La enfermera rompió el silencio.

- Bueno, salga. Ahi afuera lo espera el mundo.

El Dos asintió con una semisonrisa, se volvió de espaldas quedando frente a la puerta y manoteó el picaporte. Con la manija en la mano se quedó estático, sin salir, ni volverse.

- Señor... -musitó la enfermera.

El Dos no contestó.

- Señor, ¿que pasa? -Insistió suavemente.

Una voz gangosa y angustiada contestó finalmente:

- Tengo miedo...

- Cht... -emitió la enfermera, chasqueando la lengua como restando importancia al asunto.

El Dos se dio vuelta. Su rostro estaba demudado. Las mejillas pálidas, la barbilla temblorosa, los ojos brillosos. Como al borde del llanto.

- Tengo miedo, señorita... tengo miedo de salir... ¿que mundo me puede esperar? -preguntó con angustia.

La enfermera, que le había cobrado afecto, sintió que se le estrujaba al alma. “Un mundo de mierda”, pensó, pero no lo dijo. En lugar de eso puso un tono enérgico y preguntó:

- ¿Sabe cual es nuestra mayor cualidad?

El Dos negó con un gesto.

- La capacidad de acostumbrarnos. Yo sé lo que le digo, estoy cansada de verlo. Al principio todo es terrible y después es parte de la vida. Dentro de un tiempo usted descubrirá que hay muchos mundos... que usted antes vivía en uno y que ahora debe cambiar a otro... pero que sigue habiendo un lugar para usted.

El Dos hizo una mueca triste.

- ¿Un lugar para mi? ¿a qué le llama un lugar? ¿usted aceptaría salir con un tipo como yo? ¡dígame la verdad!

- No.

- ¿Vio?

La enfermera sonrió.

- Es lo que le dije antes... yo, para usted, ya soy de otro mundo.

El Dos se quedo viéndola, luego asintió y abrió la puerta. Se asomó al pasillo desierto y empezó a caminar. La cintura se le quebraba. Recordó las indicaciones del rehabilitador y las puso en práctica. Debía equilibrar con los brazos y acompañar con el cuerpo con un movimiento de sube y baja. Como bailando el cha-cha-chá.

Monday, June 13, 2005

Capitulo XLVIII



De vez en cuando a alguno de los monstruos lo dejaban a pasar la noche. A Alfredito, por ejemplo, la familia lo depositaba cada vez que tenían visitas importantes. Esto es, cada dos por tres.

Sus aristocráticos padres, prescindían de su vergonzante presencia como quién barre la mugre bajo las alfombras. Luego que la visita se iba, el chofer y el auto pasaban a buscarlo y Alfredito volvía a estar arriba de la moqueta.

A Oscarcito también comenzaron a dejarlo, pero fue varias semanas después de que Ana empezara a trabajar con Ema. Y fue, es oportuno aclararlo, por expreso pedido del propio Oscarcito. Que pese a que no hablaba, sabia hacerse entender.

La primera vez que se quedó a pasar la noche fue casi dos meses después de que Ana se instalara allí.

Anochecía y recién se había ido el penúltimo bobo. Estaban las dos masajistas tomando mate en la galería, mientras Oscarcito echado al lado de Ana, jugaba con su bragueta. Ana miró la hora y le comentó a Ema.

- Ché, que raro... no lo vinieron a buscar a Oscarcito.

Ema sacó la bombilla de entre sus labios y contestó:

- No. Se queda a dormir. Me olvidé de decirte. Me contó el viejo que está tan enloquecido con vos que lo tuvo que dejar.

- Es divino -comentó Ana palmeándole la cabeza y el bobo rió guturalmente- Le podríamos decir al padre que lo deje también los sábados y domingos... -propuso.

- No, nena, dejalo en su casa, nomás. Nosotras vamos a dedicarnos a vivir tranquilas por lo menos dos días a la semana. Hace dos meses no los podías ni ver, ¿y ahora los querés tener sábados y domingos, también? -Exclamó Ema asombrada.

Ana sonrió con satisfacción.

- Cierto, che. Me acostumbré bastante rápido, ¿no?

- Claro... te dije que te ibas a acostumbrar -le recordó-... y menos mal que te acostumbraste. Porque con vos la pegué... es al pedo, pero dos cabezas piensan más que una. Tantos años soportando los quilombos de estos guachos y nunca se me ocurrió lo de los atriles.

- Y bueno... es mi maravilloso cerebro... -se ufanó Ana.

Ema se puso de pie y la miro burlona.

- ¡Esa idea la pensaste con las tetas!

Ana rió también. Ema miró los atriles, chupó de apuro el mate y dijo:

- Bueno... hablando de los atriles… los voy a ir guardando así entramos a comer.

- Esperá que te ayudo -dijo Ana y se puso de pié. Tras ella, salió Oscarcito.

- Dejá, ¡vení Oscarcito! -lo llamó Ema súbitamente inspirada.

Y apenas llegó, ni lerda ni perezosa le enchufó todos los atriles encima. El pobre bobo encima se reía.

- Lleválos adentro... ¡vamos!

Diligente Oscarcito los depositó en la piecita de los masajes.

- Y pensar que dicen que son como animales... ¡a un perro no lo podés hacer laburar! -razonó Ema, viéndolo ir trastabillando por el peso que cargaba.

- A Oscarcito solo le falta hablar... -exclamó Ana con orgullo.

- Menos mal que no habla. Sabés la de boludeces que diría -razonó Ema.

- ¡Si, toma! ¡Mira que vivo que es! ¡mirá como se dio cuenta!...No los puso ni en tu pieza, ni en la mía, ni en la cocina.

- ¡Es una luz! -exclamó Ema con una carcajada.

- Más boludo es el tuyo, que lo único que sabe hacer es encerrarse en el baño... -le contestó Ana con fingida indignación, imitando la cara de boludo de Alfredito.

Así entraron contentas a la cocina. Ema empezó a pelar papas y Ana a leer el diario. Oscarcito, al lado de Ana se dedicaba a papar moscas.

- ¡Puta ché, que diario de mierda!... ¡no tardás cinco minutos en leerlo! -dijo haciéndolo un bollo y tirándolo de emboquillada al tacho donde Ema ponía la cáscara de las papas.

- Si, pero sirve para envolver la basura... por eso lo compro. Prendé el televisor, a ver que hay -sugirió Ema.

Ana se estiró hasta el botón del encendido e instantáneamente apareció la pantalla en blanco y la voz del locutor que anunciaba:

- “...y ahora en el espacio cedido a los partidos políticos para la difusión de sus respectivas plataformas, hará uso de la palabra el candidato a la intendencia en las próximas elecciones por la lista 3333”, la pantalla permaneció en blanco unos segundos más y luego, súbitamente, apareció la cara de un tipo de gesto apremiado que alcanzo a decir "conciudadanos, nosotros los verd..." y luego la imagen, fugaz, se cortó. Enseguida retomó el conductor para decir:

- “...finalizado el espacio de la lista 3333 hará uso ahora de la palabra el excelentisimo candidato a las elecciones municipales por la lista 2222...”.

Acto seguido apareció en pantalla un tipo cargado de hombros, de mandíbula prominente y gruesas cicatrices surcándole la cara. Completaban la aterradora imagen un parche en un ojo y una mirada huidiza de buitre en el que tenía sano. La cámara lo sorprendió cuando se tapaba un orificio nasal y aspiraba ruidosamente por el otro. Cuando vio la luz de "en el aire" prendida se acomodó en la butaca y leyó su discurso sin levantar la vista del papel.

- "Conciudadanos... en los últimos días ha aparecido el señor candidato e la lista 1111 (ha quien reiteradamente he acusado de corrupto-insaciable), agitando una fotito trucada donde aparezco robándome una máquina de escribir de la intendencia... ¿Qué puedo decir?... Es realmente penoso que en vez de admitir su desmedida y malsana ambición, intente ensuciar mi buén nombre y honor. Yo, queridos votantes, no quiero llegar al poder para robar vueltos o máquinas de escribir o para quedarme con el diez por ciento de algún negociado menor. No queridos conciudadanos, les soy sincero. Yo quiero atraer los verdaderos capitales que harán florecer nuestra urbe... -miró con atención el papel donde evidentemente tenía una marca de elevar el tono y prosiguió con énfasis- ¡y con su voto lo voy a lograr!… ¡conciudadanos!, sabemos que sin capitales privados no vamos a salir adelante y permítanme aclararlo, yo no hablo de chirolas. Yo estoy hablando de millones y millones de dolares. Yo los consigo sin duda alguna... sobre está base es que no me cabe duda de que ustedes sabran votar el progreso y el tren que lleva al futuro y no al triste coimero de la lista 1111 o al infelíz de la 3333... ¡nada más y muy buenas noches!

Desaparecía el tipo y aparecía un corto publicitario donde se mostraba un callejón sórdido y un hombre flaco y andrajoso con un cartelito que decía "pasado" que caminaba por ahí. De repente frenaba un auto, se abría una puerta y bajaba un tipo de espaldas a la cámara que pelaba una tartamuda y ametrallaba sin misericordia al lastimoso "pasado". El pobre andrajoso se destártalaba en el aire bailando la música lúgubre de la ametralladora, hasta que se vaciaba el cargador. Luego salía una voz en off que decía; “Para asesinar al pasado, hágase cómplice del futuro” y el tipo que estaba de espaldas se daba vueltas y no era otro que el candidato de la 2222 que soplaba el caño humeante de su ametralladora y guiñando un ojo a la cámara recomendaba. “¡Yo soy el futuro!, ¡Hágase mi cómplice!”.

- A mi me gusta este candidato... se lo ve con cojones -adhirió Ema.

- No, yo prefiero al de la lista 1111...por lo menos te canta la justa. El tipo ya avisó que se chorea el diez por ciento...

- Si te dijo el diez anotá el noventa… pero ma’ si, a comer. Si en definitiva, gane quien gane seguro nos va a cagar... -concluyó Ema con sabiduría.

Ana se levantó a buscar los platos.

- Ché, a Oscarcito le ponemos el de plástico, ¿no?... -y volviéndose al pavote que seguía en la más absoluta babia le preguntó melosa- ¿donde te queres sentar?

- No, ché. Que coma en el piso...-se apresuró Ema-, eso si me da un poco de asco... se babea... -explicó.

Ana lo miró. El pobre bobo la miraba con la misma expresión desolada que recordaba en Esteban.

- Ché, pobrecito... -protestó Ana. Y como recordando algo agrego- ¡ah, me olvidé de contarte!

- ¿Qué?

- El otro día fuí a levantar el atril de él y me encontré una foto distinta.

Ema la miró intrigada.

- ¿Cambio el solo la foto?

- Y si. Yo no se la cambié.

Ema se rió con ganas y dijo.

- Y bueno, es lógico, se habrá cansado de cojerse siempre a la misma.

Ana rió también.

- Si, pero lo más lindo es que no era de una mina en pelotas.

- ¿Y de qué era?

- De una pareja abrazada. Se ve que la recortó el mismo de una revista. Por los bordes…

- Pero mirá vos -exclamó Ema asombrada.

- Si, ¿y a que no sabés lo que hizo cuando lo vi?

- No, ¿qué?

- Me señalo a mí, se señaló él y señaló la foto.

- ¿Pero que me contás? -riendo- ¡se enamoró de vos el paparulo! ¡y mirá que tiene que ser paparulo para meterse con vos! -se burló.

- Si, vos reíte, pero a mi me asombró, ché.

- ¿Y ahora se hace la del mono con esa foto? -preguntó Ema intrigada.

- Si. Y eso es lo notable. Lo excita más esa foto que la de la mina que se metía los dedos en la cotorra.

Ema se encogió de hombros.

- Es un sentimental.

- Y vos que me lo querés poner a comer en el piso. Pobrecito.

- Bueno, dale, ponélo en la mesa si querés. Pero allá en la punta, al lado del televisor.


Mientras comían le contó una historia del autista a quién llamaban “El girasol” porque se pasaba el día mirando de lleno al sol y girando, consecuentemente, de oriente a poniente.

Después de la sobremesa se fueron a acostar. Y a Oscarcito intentaron ponerlo a dormir sobre una frazada, en la piecita de los masajes. Pero no hubo caso, quería dormir con Ana. Así es que en vez de dormir deambulaba por la galería llorando. Después de unos minutos, conmovida, Ana le abrió la puerta y lo dejó acostarse, felíz, al pie de su cama.

Luego que cesaron los llantos, se quedó profundamente dormida y tuvo el segundo sueño premonitorio:

Soño que la puerta estallaba y que un montón de seres horrendos entraban a su pieza. Los monstruos no eran sus clientes, sino seres más deformados todavía. Ana, en el sueño, tenía miedo, pero ninguno de los monstruos se le acercaba. Solo se quedaban mirándola. Sus rostros parecían amenazantes en su deformidad pero sus miradas irradiaban una profunda tristeza. Estaban así en silencio hasta que de repente se abrían todos en abanico, dejando paso a uno que era el más monstruoso y repugnante de todos. Este miraba a Ana con ojos desafiantes y le preguntaba con eco:

- ¿Nos querés? ¿Nos querés? ¿Nos querés?

Y Ana increíblemente le contestaba:

- Si.

Entonces, la mirada del monstruo se iluminaba y las palabras le salían en torbellino:

- ¡Entonces queremos amar! ¡todo el mundo nos tiene asco! ¡si nos querés, amanos! ¡Amanos! ¡Amanos!

Ana, no podía creer lo que escuchaba. Sin poder contener la náusea, retrocedía y le gritaba:

- Nooooooooo... eeesoo nooo... nooooo -con una voz insólitamente estirada.

La cara del monstruo, entonces, trasuntaba una inaudita tristeza. Con los hombros caídos, asentía en silencio y dándose vuelta salía cabizbajo de la habitación, seguido tristemente, en cortejo, por todos los demás.


Friday, June 10, 2005

Capitulo XLVII



El más impresionante, para Ana, era sin dudas Rubencito. Luego, en orden de nauseabundez, venia el mogólico cuadrapléjico (que siempre había que cambiar porque, indefectiblemente, se ensuciaba a las cuatro y media). Tercero en el ranking, seguía el inquieto macrocéfalo, con su descomunal cabeza y su cara de lerdo. Y luego y en un mismo puesto, seguían el enjuto, el renguito y el autista. Los mogólicos no le resultaban mayormente impresionantes.

Como acertadamente predijo Ema, a la semana Ana había perdido la náusea y solo conservaba cierto asco controlable. Que no le impedía largarse a masajearlos sola. Por otro lado, las particularidades y rarezas de sus clientes, resultaron excelentes ocupadoras de pensamiento. Con el consiguiente efecto analgésico contra el recuerdo amargo del Dos.

Los monstruos por su parte, la aceptaron enseguida. Y la presencia opulenta de Ana dejó enseguida en evidencia que si había un hilo vinculante en todos ellos (y más en los más atrofiados mentalmente), era su primitiva sensualidad. Todos la manifestaban sin pudor y se les disparaba, habitualmente, por la simple aparición de Ana y sus tetas.

Los mogólicos, por ejemplo, eran especialmente fogosos y se dedicaban, mientras el recuerdo de Ana (o de sus limones) estaba fresco, a masturbarse como monos en el patio.

Ana observó ese detalle: que cuando ella salía a la galería, los mogólicos (que comúnmente estaban armando quilombos), como recibiendo una orden se ponían a pajearse al unísono. Luego ella entraba a la habitación y después de un rato de paz el quilombo empezaba de nuevo, hasta que ella volvía a asomarse y los mogólicos volvían a acogotar el gallo.

Después de unos días de observar el hecho, Ana tuvo una idea genial para disminuir los batifondos o por lo menos los originados por los mogólicos. La idea, brillante a todas luces, consistió simplemente en disponer de cuatro atriles (uno por mogólico) y colocar, en cada uno de ellos, la foto de una mujer desnuda. De esa manera, imaginó acertadamente, no necesitarían aferrarse al recuerdo y pasarían las horas, contemplando las fotos y masturbándose frenéticamente, a dos manos.

Fue un éxito. Apenas instalado el nuevo sistema, en la casa practicamente se podían oír volar las moscas. Y los raros quilombos que de vez en cuando se provocaban eran originados por el inquieto macrocéfalo en su eterno odio hacia Rubencito.

Todos los monstruos, sin excepción, tomaron, rápidamente, un especial cariño por Ana. Y más de una mirada lucía en su honor, un destello de amor reprimido. También es cierto que a veces, alguno de aquellos monstruos, se desataba y al pasar se le prendía vigorosamente de las gomas. En realidad, menos el renguito que era adolescente y tímido, los demás eran bastante mano largas.

Mientras tuvieran un mínimo de entendimiento, con un grito les bastaba. Pero tanto los mogólicos, como el parapléjico tenían que ser reducidos a golpes, porque no entendían las palabras y se prendían como abrojos. El que no jodia, por motivos obvios, era el autista.

Muy pronto, así como Ema, Ana también tuvo su preferido: era uno de los mongólicos. Se llamaba Oscar, aunque como a todo pavote le aplicaban el diminutivo; Oscarcito.

Entre las dos disfrutaban exagerando las virtudes de sus preferidos. Ana destacaba en el suyo, cierta mirada tierna y cierta extraña delicadeza (extraña en un mogólico) y Ema resaltaba en el suyo la prosapia. Porque Alfredito (el preferido de Ema) tenía una familia rebosante de guita. A él no lo había engendrado la promiscuidad de la miseria sino las generaciones de relajos y disipación, que lo precedieron. Poseía el interminable e ilustre apellido de una familia de intrincado árbol genealógico, vinculada al más poderoso medio de comunicación de la ciudad. Y lo mandaban de Ema porque no querían que se supiera de su existencia. Y porque suponían, tal vez con razón, que en las clínicas lujosas lo tratarían igual o peor y se terminaría divulgando esa vergüenza familiar. El contacto se había establecido a través de la finada madre de Ema, que había sido criada de la casa y lo había visto nacer, estúpidamente.

Oscarcito, en cambio, era hijo de laburantes y vivía no muy lejos de allí. A diferencia de Alfredito no lo llevaba un chofer en un coche de una cuadra sino su padre caminando por calles polvorientas.

Tal como resaltaba Ana, Oscarcito era especialmente cariñoso. A casi todos los retardados la falta de desarrollo cerebral los libera del obstáculo de las inhibiciones y se muestran tal cual son. Exhibiendo sin pudor las características primitivas que una supuesta “normalidad” les habría enseñado a ocultar.

Oscarcito, como buen pavote, se mostraba tal cual era. Y era todo corazón.

Como esos animalitos que tiemblan cuando uno les pasa la mano por el lomo, era un voraz necesitado de ternura. Tenía rasgos mogólicos, pero no eran desagradables. Se diría de él que era un lindo chinito. Solo su mirada, ligeramente estrábica, sus gestos estúpidos y sus lentes verdes y gruesos lo delataban. Pero si uno lo imaginaba durmiendo o muerto, (es decir, detenido y silencioso) sin los lentes y con los ojos cerrados, pasaba ciertamente por un chinito joven (tenía veintitrés anos) y agradable.



Por aquellos primeros días también ocurrió el primer deceso (desde la llegada de Ana). La parca señalo al enjuto. Su madre siempre solía lamentarse con Ema de que el pobre tenía los días contados. Y asi fué que según parece, un mediodía de sol, el conteo llegó a su fin.

Murió en la casa de los padres y Ana y Ema se enteraron tal como había predicho está ultima: por notar su ausencia y llamar para preguntar. Fue Ema la que llamó.

La madre del enjuto atendió el teléfono y llorando le refirió que el pobre se sintió mal a las doce del mediodía y murió a las doce y cinco, (había tenido una agonía proporcional a su tamaño). Mientras la mujer hablaba, Ema, escuchaba puteadas y gritos como telón de fondo. Así que cuando la mujer terminó con el relato de la pequeña muerte del enjuto, Ema le preguntó que pasaba. La mujer entonces, entre hipos y mocos, le contó que era el insensible del marido, que se puteaba con los de la funeraria porque le querían cobrar el cajoncito como si fuera de tamaño normal y él pretendía un descuento.

Ana no lo lamentó demasiado dado que no había llegado a conocerlo lo suficiente. Pero lagrimeó igual cuando vió la reacción del Club de Monstruos. Era conmovedor ver esos rostros deformes, compungidos y llorosos. Como una lluvia cayendo sobre un cementerio, la tristeza era más triste en esas caras.

Menos el autista, lloraron todos. Hasta los mogólicos. Qué según le explicó Ema, lloraban por ósmosis. Porque se contagiaban de la congoja general.

Tuesday, June 07, 2005

Capitulo XLVI



Al otro día, Ana pasó la mañana sentada tranquilamente en el jardín. Tomando mate y leyendo algunas de las revistas del corazón que encontró en la cocina, abajo de la mesa del televisor.

Hasta la tarde no habría ningún monstruo y habían acordado, con Ema, que ella no atendería la puerta. Que se quedaría dentro de la sala de masajes para ir conociéndolos de a uno.

Eran casi las dos de la tarde, cuando entró a la cocina a cocinarse un bife. Ema llegaría a las tres y cuarto más o menos. En su sobremesa solitaria se prendió un faso y siguió leyendo una extensa nota que le habían hecho a María Marta. María Marta sonreía, inmensa como un elefante, en alguna calle de Miami y algunos transeúntes miraban la escena con curiosidad. Uno de ellos, de perfil y algo borroso, le llamo la atención.

- Es igualito a Manuel, este guacho... -murmuró exhalando el humo y desestimando con una sonrisa.

A partir de las tres comenzó a sentir ruidos, gritos y golpes en la puerta. Y tal como habían acordado se fue para la última pieza de la galería. Sentada sobre la robusta mesa se dedicó a esperar. En pocos minutos sintió la voz de Ema y la llave en la puerta y luego el tropel entrando como vacas al corral.

- ¡Chicos, cuidado! -gritó autoritaria Ema. De acuerdo al ruido, los mogólicos estaban arrasando con todo.

Ana, vió la puerta de la sala entreabierta y temiendo que alguno se le metiera fue a cerrarla. La estaba poniendo llave cuando escuchó:

- ¡Herberto! ¡Animal, que me haces ca....! -y luego un fenomenal porrazo.

Instintivamente, Ana abrió la puerta y se encontró con Ema tirada en el piso, caída sobre el monstruo de la canastita y rodeada de cuatro mogólicos, un renguito y un enjuto. Un poco más alejados estaban el autista, el parapléjico y el macrocéfalo.

Este último, reía y se agarraba la exagerada cabeza con dos manos, que apenas si le tapaban las orejas.

- Me va a matad, me va matad... -gritaba riendo locamente.

Cuando Ana apareció en la galería se produjo un silencio instantáneo y denso. Lo rompió el enjuto, gritando, con la cara deformada de admiración:

- ¡Que tetas, mami!

Y al instante todos los monstruos se le fueron al humo rodeándola y gritando guturalmente.

Solo se quedaron en sus lugares el parapléjico y el de la canastita, que se retorcían desesperados por no poder llegar. Y obviamente el autista, pero este porque nunca se enteraba de nada.

- ¡Chicos! -gritaba Ema desde el piso, pero ninguno le dió la menor pelota.

- !Teeetaaaa!!Teeeetaaaa! -gritaban todos, estirando hacia Ana sus manos peludas. Con una mano la tocaban y con la otra se refregaban nerviosamente los bultos.

Como en la pesadilla de la noche anterior, Ana los apartaba enérgicamente. Abriéndose paso hasta donde estaba Ema tirada. Los monstruos se desplazaban con ella como centro geométrico. Empujándose unos a otros para manosearla mejor. Cuando se agachó para ayudar a Ema, una cantidad de dedos múltiplo de cinco, se le incrustó en el culo.

- Hay, hijos de puta...¡suelten! -se desquició.

- ¡Vamos, mierda!... ¡parecen perros alzados! -gritó Ema desde el piso, pateándolos.

- Dale, apurate que me culean -la urgió Ana.

- Todo culpa de este cabezón hijo de puta. Es obsesión que tiene con Rubencito. Por meterle el dedo en la oreja me hizo caer -protestó Ema, mientras se ponía de pié con la canasta entre los brazos.

- ¿Cómo estás? - preguntó mirando dentro de la canasta.

El tal Rubencito tenía los ojos desmesuradamente abiertos y no los apartaba de los limones de Ana.

- Bien... bien... -exclamó, relamiéndose con admiración.

Ana (que al borde del ataque de histeria esquivaba manotones), cuando vio ese engendro, mirándola así, sintió náuseas. “Parece una cabeza decapitada que habla”, pensó y la idea le revolvió las tripas. En la cara, la repugnancia le estiró los labios para abajo.

- ¡Chicos, chicos! -le gritó Ema a los manoseadores. Pero ninguno de los pavotes le dio pelota.

Dejó entonces la canasta en el piso y descolgó de la pared un cinturón viejo de hebilla herrumbrada. Eligió al azar un mogólico cualquiera, gritó “¡mierda!” y con el lado de la hebilla le encajó un soberano cintazo por el lomo. El mogólico largó las tetas con un aullido. Y al instante, los otros se apartaron también.

- ¡Atención, carajo!... -gritó Ema blandiendo el cinto.

Finalmente se hizo un silencio atemorizado. Todavía con el ceño fruncido les presentó a Ana.

- Esta chica tan linda se llama Ana. Y desde hoy va a vivir con nosotros... ¡pórtense bien y no la hagan renegar!

- ¡Viiivaaa! ¡vivaaaa! ¡tetaaa! ¡teettaaa! -se escuchó.

Pero los únicos que parecieron entender fueron el renguito, el cabezón, el enjuto y el de la canastita, que festejaron con desbordante alegría.

Los demás monstruos no dieron señales de enterarse de nada. Y los cuatro mogólicos se dedicaron, codo con codo, a pajearse frenéticamente, babeándose y mirándole las gomas.

- ¡Que arrastre negra! -le dijo Ema sonriente señalando al cuarteto.

- Te los regalo -suspiró Ana.

A todo esto el macrocéfalo se había acercado subrepticiamente por detrás de Ema y en un descuido de esta, le tiró un manotazo al de la canastita. La cachetada estalló ruidosamente en la mejilla del tal Rubencito, que empezó a llorar al instante. Ema, como una saeta, se dio vuelta y le cruzó, al cabezón, la cara de un bife. El macrocéfalo salió gritando guturalmente.

- Mada, mada, mada.

- ¡Seguí jodiendo y te cuelgo para abajo, hijo de puta!... -lo amenazó- ¡se te va a reventar la cabeza!

Y volviéndose a Ana le dijo:

- ¡Vení!... Vamos a empezar con Rubencito ya que estamos... -Y se metió en la pieza de masajes con la canastita.

Desaparecida Ema, un mogólico se le fue encima a Ana y la agarró brutalmente de las tetas. Otro, que también quería apretar, lo empujó al primero haciéndolo caer pesadamente al piso. Hecho una furia, el mogólico caído, se levantó y le pegó un violento derechazo al usurpador, empujándolo contra la pared. Comenzaron, entonces, a fajarse con tremendos mamporros en las respectivas cabezas, como dos trogloditas. Se pegaban ininterrumpidamente, con furia criminal, pero al parecer sin sentir dolor.

- ¡Che, Ema vení, que estos dos se van a matar!... -le gritó Ana, impresionada.

Ema, tranquila, desde la pieza le dijo:

- Vení, dejálos que no les hace nada. Más tarados seguro que no van a quedar... a lo sumo se nos arregla alguno.

Sorprendida y horrorizada simultáneamente, Ana, entró a la pieza.

- Cerrá la puerta -pidió Ema mientras le quitaba la ranita que llevaba puesta, al monstruo de la canastita.

Ana se acercó de a poco como para acostumbrarse a lo que veía.

- Ayudáme, vení -dijo Ema.

Ana se acercó. El monstruo estaba desnudo y su cuerpito morboso parecía el de un bebé viejo (si cabe el adjetivo), con unas carnes fláccidas y estriadas. Entre las piernas reposaba un miembro pequeño, pero más grande de lo que correspondería a un recién nacido.

- Teneme la canasta... No, mejor tenémelo a Rubencito -le pidió Ema.

Ana que naturalmente hubiera dicho que no, presionada por la situación estiró los brazos y lo agarró por el cuerpito. Asqueada, lo suspendió en el aire, con los brazos estirados al máximo y la mirada puesta en otro lado.

- ¡La cabeza! ¡la cabeza! -gritó el monstruo y Ana se volvió de costado para verlo: tenía la cabeza colgando y parecía que podía quebrársele el cuello.

- Sostenéle la cabeza levantada. No tiene fuerza en el cuellito y se puede ahogar... -dijo Ema que en el piso le cambiaba las sábanas a la canasta.

Ana, sin poder ocultar la repugnancia le tomó la cabeza con una mano y se la alineó con respecto al cuerpo, siempre con los brazos estirados al máximo.

El monstruo la miró con una expresión nefasta y le dijo:

- Gracias, pero... ¿sería mucho pedirle que me ponga como me pone Ema?

Ana la miró a Ema.

- Ponételo contra el pecho, como a un bebé -dijo guiñándole un ojo.

Ana, puteando por dentro, respiró hondo y acercó los brazos hasta si, pero sin apoyarlo contra su pecho. No hizo falta, apenas estuvo lo suficientemente cerca, el engendro aprovechó y le pego un súbito chupón entre la tetas. Ana horrorizada lo revoleó por el aire.

Fue la reacción rápida de Ema lo que impidió que cayera de cabeza enchastrando las baldosas.

Lo abarajó a medio metro del piso reprochándole.

- ¡Rubencito!... ¡mirá lo que conseguiste!... ¡te podrías haber matado, calentón!

El monstruo estaba pálido del susto y Ana, aterrada en un rincón, no podía ni abrir la boca. Ema lo puso sobre la mesa y recién entonces quedó en evidencia la pijita erecta del engendro.

- Ves lo que te digo... -dijo Ema sonriente, volviéndose hacia Ana.

Volvió otra vez la mirada hacia Ruben y le dijo:

- Dale Rubencito, hacétela tranquilo que nosotras salimos un minuto.

Y mirando nuevamente a Ana propuso:

- ¿Tomamos unos mates?

Salieron al quilombo de la galería y abriéndose paso a los empujones, lograron llegar a la cocina. Ema cerró la puerta tras de si, apagando el ruido del quilombo.

- Ema perdonáme, pero no quiero saber más nada. Es demasiado para mi.

Ema puso la pava en el fuego y sonrió.

- No tenés nada peor que conocer. Lo peor es la primera impresión.

- Me dan asco y no lo puedo disimular...

- Eso es ahora... te juego lo que quieras que la semana que viene ya te acostumbraste...

- No me voy a acostumbrar más.

- Pero boluda...¿cómo que no te vas a acostumbrar? ¡si son solamente tres!

- ¿Como tres?

- Claro, masajes solo les hacemos a Ruben, al macrocéfalo y al mogólico cuadrapléjico. Los demás están en guardería.

- ¿Solo esos tres? -repitió Ana.

- Claro. Y dejáme que te diga que lo peor ya pasó. Porque de los tres el más impresionante es Rubencito.

- Que sé yo... -Suspiró Ana lánguidamente, viéndola hechar agua al mate.

- Mirá -dijo Ema chupando el primero- si para la semana que viene todavía te impresionás y querés dejar, dejás. No hay problema...

Cebó otro mate y se lo alargó. Ana agarró el mate pero negó con un gesto. Ema insistió.

- Dale, hace la prueba... una semana, nomás.

Ana chupó el mate pensativa, mirando el piso. Finalmente levantó la vista y dijo:

- Bueno, dale. Hagamos la prueba... una semana.

Ema sonrió feliz.

Fumaron todavía un par de cigarrillos y se tomaron unos mates más. Hasta que Ema se puso de pie.

- Bueno, vamos, que aquel ya debe haber terminado -dijo caminando hacia la puerta.

- No, por hoy basta para mí. Andá sola.

Ema la miro divertida.

- ¡Sos desatenta, che!, ¡no ves que la paja, se la hizo pensando en vos!

Le reprochó saliendo de la cocina a las carcajadas.

Ana sonrió con una mueca, luego se mordió el labio inferior, levantó las cejas y se cebó otro mate.

Ema, por supuesto, no se equivocaba.

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